Poder invisible del turismo dominicano
El comportamiento de la actividad turística de
República Dominicana durante el 2025 ha estado marcado por no solo el
crecimiento, sino que acelera y redefine su economía, lo que la afianzó, superó
los US$21,100 millones, el equivalente al 15.8 % del PIB, generó más de 892,000
empleos directos y 11.7 millones de visitantes llegaron al país, entre turistas
aéreos y por cruceros. No se trata de números aislados; es la confirmación de
un modelo que se posiciona como eje estructural del desarrollo.
Ese dinamismo fue impulsado por un gasto
internacional superior a US$11,385 millones y un consumo interno de US$4,100
millones.
En ese estrenado, solo por el Aeropuerto de Punta
Cana entraron el 51 % y el 63 % de las llegadas, con más de 5.4 millones de
pasajeros. La ocupación hotelera se mantuvo por el 71 % anual y la satisfacción
de los visitantes fue 4.4 sobre 5.
Esta fotografía socioeconómica no solo describe
su éxito, sino que manifiesta su estructura. Ahora bien, en su estado normal,
el turismo articula inversión, empleo y territorio mediante una relación
armoniosa entre el sector público y privado, la cual sostiene su liderazgo
regional. Indicadores que dibujan esta industria, que no solo mueve viajeros,
sino capital, infraestructura y decisiones estratégicas.
Sin embargo, esos datos y las cifras circulan por
su organismo. Como actividad, opera como un sistema nervioso económico
saludable que conecta regiones, que activa cadenas productivas y configura
poder territorial. No es simplemente flujo de visitantes; es una arquitectura
del desarrollo con alto impacto nacional.
Anatomía del modelo
En el discurso oficial se repiten palabras que
operan como engranajes: “récord”, “liderazgo”, “diversificación”,
“sostenibilidad”, “crecimiento”. La metáfora dominante es clara: el turismo
como motor y pilar de la economía; el país como destino líder; el crecimiento
como sinónimo de progreso.
El orden de la actividad turística se mantiene
saludable, oxigenado con indicadores que frecuentemente son resaltados en los
medios de comunicación y en las narrativas de sus actores, igual en la estética
como en sus retóricas, mediante una lógica argumentativa lineal y eficaz: más
visitantes, más ingresos, más liderazgo regional.
Es así como este modelo conceptual organiza el
éxito en términos cuantitativos, donde el indicador principal es el volumen y
la métrica, el flujo.
Arquitectura institucional
Como había indicado anteriormente, nuestro
turismo trabaja como un organismo que se sostiene por medio de un esquema
normativo y legal claramente definido. Su base está compuesta por leyes
sectoriales e incentivos fiscales que orientan la inversión y regulan el
sector. Una pirámide en cuya cúspide estratégica se encuentran la Presidencia
de la República y el Ministerio de Turismo (Gabinete de Turismo), responsables
de la planificación y conducción, como el principal narrador, quien da
mantenimiento al modelo con su comunicación institucional, política y
estratégica.
Ese andamio productivo está entrelazado con
instituciones públicas vinculadas a infraestructura, puertos y el medio
ambiente, junto a los gobiernos locales encargados de la gestión territorial;
lo conservan con enunciados y apelando a la institucionalidad. En su enfoque
socioeconómico, las organizaciones empresariales lideran la inversión y
maniobran en el sector, repitiendo declaraciones, intervenciones y expresiones
que señalan que más turistas son más ingresos, más producción y más empleos,
mientras que los sindicatos (empleados hoteleros, guías, etc.), trabajadores y
comunidades receptoras solo participan como objeto en esa dinámica económica.
En ese esqueleto organizativo, la dirección
estratégica se concentra en el nivel central, mientras el capital privado
ejerce como fuerte influencia en su operatividad, ejecución y expansión o
replicación en otras zonas (Miches, Pedernales o Punta Bergantín). En esta
configuración, el poder se manifiesta en su capacidad para regular, movilizar
recursos, acceder a financiamiento y definir su rumbo.
Centro y periferia
El modelo turístico dominicano labora bajo un
estrés estructural que define su dinámica interna.
Por un lado, están áreas que concentran las
grandes zonas de desarrollo como Punta Cana y Bávaro, donde las principales
corporaciones hoteleras, la inversión y la inversión extranjera proceden como
sujetos en la planificación estratégica nacional. Allí se entrecruzan las
decisiones clave, el capital y la infraestructura a mayor escala.
En cambio, por el otro lado, tenemos la
periferia, que se ubica en las comunidades locales, pequeños emprendimientos y
el sector laboral, en los cuales están limitadas sus capacidades de
negociación, y los municipios con menor desarrollo de servicios e infraestructura.
La brecha es clara: mientras el crecimiento
macroeconómico se consolida en los núcleos de inversión, la distribución
territorial de sus beneficios avanza a un ritmo desigual. Existe una creciente
asimetría entre la rentabilidad del capital y el crecimiento real de los
salarios.
Crecimiento como parte de la narrativa de la industrial.
El contenido del discurso del turismo dominicano
responde a un criterio de competitividad que luego está orientado al mercado
global. Se le da importancia a la expansión, el posicionamiento internacional y
el liderazgo regional como ejes centrales y sinónimos de éxito. La
sostenibilidad y los planes de ordenamiento territorial se integran como
elemento legitimador, aunque subordinado al rendimiento económico.
La narrativa alimenta la coherencia interna:
cifras récord, ampliación territorial y el impacto de las divisas se articulan
como componentes de un mismo engranaje estratégico. No obstante, el énfasis en
los resultados cuantitativos tiende a relegar las discusiones sobre la calidad
del empleo, el equilibrio territorial y la sustentabilidad ambiental a largo
plazo.
Desarrollo turístico y desafío territorial
El paradigma turístico dominicano actúa en una
tensión clara: crecimiento económico frente a redistribución territorial. La
táctica prioriza el liderazgo regional y la competitividad internacional,
alineada con una lógica de mercado global ante el desafío territorial.
Si consideramos que el turismo funciona como un
motor dinamizador de la economía nacional, impulsando la inversión, el empleo y
la actividad productiva, entonces la sostenibilidad de este modelo depende de
equilibrar la expansión con una distribución más equitativa de sus beneficios
en el territorio.
En ese contexto, el desarrollo del turismo
dominicano está consolidado y el liderazgo regional resulta incuestionable por
lo comunicado; los datos salvan el relato. En ese sentido, a partir de lo
reseñado, se interpreta y se anticipa un desafío estructural que consiste en
balancear esos números con la participación local, es decir, la inversión con
equidad territorial y las cifras récord con las que se argumenta esa
sostenibilidad efectiva.
Es cierto que el modelo avanza con fuerza. Ahora
bien, la cuestión estratégica de fondo es cómo se distribuyen sus beneficios y
quiénes definen el rumbo del discurso de desarrollo a largo plazo.
Entonces, el poder invisible del turismo es una
influencia estructural que actúa sin exhibirse como poder formal, pero que sus
efectos determinan el rumbo económico, social o territorial.
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