domingo, 26 de julio de 2026

El PMOT: técnicamente sólido, pero socialmente frágil.

El PMOT: técnicamente sólido, pero socialmente frágil.

El Plan Municipal de Ordenamiento Territorial (PMOT) 2026–2035 coloca a Verón–Punta Cana ante una decisión que marcará la próxima década: ordenar el crecimiento del principal enclave turístico del país mientras enfrenta una deuda histórica en planificación urbana, servicios públicos y protección ambiental. La propuesta guía abre dos caminos: uno para la nueva organización del suelo y otro a los debates de cómo armonizar la realidad económica con los criterios técnicos de uso del territorio.

 

miércoles, 22 de julio de 2026

El reto de planificar a Verón

El reto de planificar a Verón

El Plan Municipal de Ordenamiento Territorial (PMOT) presentado a Verón-Punta Cana no llega a ordenar un territorio virgen. Llega a este distrito con una mancha urbana que había marchado a razón de 1.28 km² por año durante la última década. Como un colador que atrapa el desorden y da paso al orden. El desafío no es únicamente definir dónde construir y qué conservar, sino gestionar los conflictos que surgen como costo de la expansión territorial desbordada y sin planificación.

Con apenas 484.44 kilómetros cuadrados, equivalentes al 0.99 % del territorio del país, Verón–Punta Cana concentra más del 60 % de las llegadas aéreas internacionales y su aporte se estima cerca del 7 % del PIB. La paradoja es evidente: un territorio diminuto sostiene una parte significativa de la economía nacional, pero durante décadas avanzó sin una brújula que orientara su desarrollo.

El diagnóstico del PMOT avalado por el X Censo Nacional de Población y Vivienda 2022 confirma que Verón-Punta Cana creció más rápido que su capacidad para ordenarse. Rápida expansión, pero sin dirección. Entre 2012 y 2022, la población pasó de 43,982 a 138,919 habitantes, un incremento superior al 215 %. Y que la ocupación de suelo se amplió en 24.7 km² —evidencia concreta de cuando el crecimiento del ordenamiento territorial no corre a la misma velocidad.

Esa transformación respondió al dinamismo de la inversión en turismo y desarrollo inmobiliario, pero no evolucionó en orden y regulaciones de las viviendas, infraestructura, servicios públicos y protección ambiental. Estamos en un punto de repensar la densidad y altura en Verón–Punta Cana. ¿Crecer hacia arriba para preservar abajo o a la misma altura y ritmo de expansión?

El marco de actuación sugiere una nueva arquitectura territorial. Del total del distrito, el 55 % queda destinado a conservación ambiental, el 30 % corresponde a suelo urbano consolidado y el 15 % se reserva para futuras áreas de expansión. Lo que significa que el desarrollo ya no podrá avanzar sin límites sobre los ecosistemas que sostienen la competitividad del destino turístico.

Sin embargo, la verdadera prueba comienza donde terminan los mapas. El PMOT no es parte de un territorio vacío, sino de una comunidad plenamente operativa. Por ejemplo, el propio análisis identifica 12.38 km² de áreas protegidas y 2.77 de franjas de protección hídrica que ya tienen ocupaciones residenciales, comerciales, turísticas y agropecuarias. El desafío formidable no consiste únicamente en planificar el futuro, sino en administrar las consecuencias de las decisiones tomadas durante décadas sin un instrumento rector.

En este momento de tensión territorial. La discusión no gira solo en torno a si el 15 % reservado para expansión urbana será suficiente para absorber la demanda de viviendas, infraestructura y nuevas inversiones. En ese sentido, la proeza es campear entre la conservación ambiental con la dinámica de un territorio cuyo impulso económico está vinculado al turismo, inversión inmobiliaria, las construcciones y los servicios. Es el momento para que los gestores del PMOT puedan demostrar que proteger los recursos naturales no significa frenar el desarrollo, sino garantizar que continúe siendo sostenible.

La implementación también pondrá a prueba la capacidad institucional. Por igual, la eficacia del eje rector de territorio está sujeta a que se cumpla lo que está dispuesto para cada zonificación. Encarar las presiones sobre el uso del suelo es resolver incompatibilidades derivadas de las ocupaciones consolidadas. Ofrecer seguridad jurídica tanto a los inversionistas como a las comunidades. Como vemos, también es un asunto de generar confianza. Esta herramienta de ordenamiento urbano solo adquiere valor cuando sus disposiciones se convierten en decisiones concretas y permanentes.

En fin, el PMOT que disponemos a partir de julio marca un punto de inflexión. En esta asimetría del desarrollo y progreso. Verón–Punta Cana, después de cinco décadas del dinamismo acelerado, ya cuenta con un instrumento técnico para organizar el territorio. Si la gobernanza del territorio toma el control del desarrollo, estaremos confiados en sus resultados. Un cambio en el distrito, un paradigma. La confirmación de que hemos pasado de crecer por inercia a hacerlo con rumbo. Entonces será el verdadero legado del plan y la medida de su éxito.

 

lunes, 20 de julio de 2026

Verón–Punta Cana: Un éxito sin planificar

Verón–Punta Cana: Un éxito sin planificar

lunes, 13 de julio de 2026

Turismo sostenible: hora de actuar en RD.

Turismo sostenible: hora de actuar en RD.

El turismo dominicano experimenta un crecimiento favorable y se espera superar los 12 millones de llegadas de turistas en 2026. No obstante, considerando su ritmo y dinamismo, el interés ya no es solo crecer, sino hacerlo con calidad. Salvaguardar: playas, acuíferos, arrecifes, comunidades y la calidad de vida. Mantenerse como un destino atractivo para la inversión y el turismo. El éxito económico que hoy lo sustenta podría perder valor si solo se consume sin construir ventaja competitiva sostenible.

Así como otras industrias globales, el turismo también se enfrenta al dilema: crecimiento o sostenibilidad.  Ahora bien, la sostenibilidad es "satisfacer las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades" (Informe Brundtland 1987).

Según esas palabras, lo responsable es integrar prácticas sostenibles en cada proceso del manejo de la actividad turística. Parámetros del desarrollo más competitivo, innovador y resiliente. Por ejemplo, generalizar el empleo de planes de desarrollo turístico sostenible o de ordenamiento turístico (POT), que operen mediante criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ESG) en la gestión empresarial. Habilitar instrumentos eficaces que equilibren el crecimiento económico con la inclusión social y la conservación ambiental.

Como estrategia, primó en el Foro Nacional sobre Cadenas de Valor Inclusivas y Resilientes, como respuesta a la necesidad de impulsar prácticas para reducir la huella ambiental del turismo y consolidar la participación de proveedores locales.

Costa Rica marca el rumbo.

Mientras el país consolida su liderazgo regional en más de un aspecto, Costa Rica preside el Comité Directivo de Turismo y Sostenibilidad de ONU Turismo. Sus pasos lo robustecen como nación. Como colectivo, actúa para mostrar que la competitividad ya no depende solo de la promoción internacional, sino también de la gobernanza, la innovación y la conservación ambiental. En lo que en una oportunidad decidieron enfocarse, hoy, su reputación lo precede, como un destino avalado por certificados de sostenibilidad que no solo está en sus campañas promocionales.

La cadena de valor es el verdadero motor.

En junio se desarrolló el Foro Nacional sobre Cadenas de Valor Inclusivas y Resilientes en Santo Domingo; se levantó una bandera inquietante: para ser un hotel sostenible, no basta con que su cadena de suministro se sustente en el mercado local. Incorporar mipymes, artesanos y las comunidades locales no es suficiente; implica ir más allá de los empleos y los ingresos. El trayecto es claro: fortalecer la economía local, ampliar la distribución de los beneficios y disminuir la dependencia de proveedores externos. Como una cadena sólida y en un bosque, cada árbol fortalece el ecosistema y la ausencia de uno debilita el conjunto.

La sostenibilidad necesita indicadores, no discursos.

Los resultados de la administración son los que se pueden estimar. En la agenda nacional tienen que prevalecer los índices que nos permitan evaluar, por ejemplo, el consumo de agua y energía, la generación de residuos, la satisfacción de residentes y visitantes, el empleo local y la transparencia institucional. Más que cifras, representan un número en el termómetro dominicano que nos revela si el turismo avanza hacia un desarrollo equilibrado o comienza a deteriorar sus propios cimientos.

Punta Cana ofrece señales alentadoras

En este principal enclave turístico del país ya existen ejemplos concretos. El Aeropuerto Internacional de Punta Cana es una muestra de compromiso de gestión basado en normas y criterios internacionales ambientales, programas de inclusión y reciclaje. Al mismo tiempo, otros proyectos empresariales como el del Consorcio Energético Punta Cana-Macao (CEPM) fomentan redes inteligentes, movilidad eléctrica y mayor eficiencia energética. Protocolos como CEPM Zero, que es un eje de transición energética sostenible. Como empresa que suministra la electricidad que impulsa la producción, los servicios y la vida cotidiana, por haberse incorporado este programa, está incluido en el catálogo PNUD-CONEP. Su visión de alcanzar un sistema eléctrico descarbonizado en 2030 sustentado en energías renovables y en almacenamiento que certifica su competitividad regional.

Como otros gestos en inversión del país que demuestran que la sostenibilidad también puede ser innovación empresarial. Iniciativa que sustenta la imagen pública.

Crecer sin destruir

Entonces, de cara a la Agenda 2030, el turismo dominicano se encuentra en un momento puntual. Por un lado, seguir midiendo su éxito únicamente por el número de visitantes, ingresos, inversión, empleos, ampliación de oferta hotelera, la diversificación y la conectividad aérea, y, por otro lado, también es importante generalizar los procedimientos de evaluación de la calidad del crecimiento. Evidenciar a través de indicadores ambientales, sociales, económicos e institucionales la sostenibilidad. Su valor no solo puede estar asociado con atraer más turistas, sino con conservar los que hoy los atraen. Como nación, enfocarnos en las mejoras objetivas, medibles y observables. Conciliar el crecimiento económico. La capacidad de adaptación frente a crisis económicas, sanitarias o climáticas.

Y como en el ámbito del turismo, la palabra sostenibilidad tiene otro alcance, que no es un adorno, un lujo o moda; más bien, es una oportunidad de acelerar el paso en el puente que nos conecta el crecimiento presente con la prosperidad futura.

domingo, 5 de julio de 2026

Mientras el turismo crece, la vivienda se aleja.

Mientras el turismo crece, la vivienda se aleja.

El turismo es oxígeno para la economía dominicana: divisas, empleo e inversión. Como sector, impulsa la construcción y robustece nuestra imagen internacional. Sin embargo, como ocurre con un tren de alta velocidad, no todos los pasajeros logran subir. Mientras la industria avanza, a miles de trabajadores se les aleja la posibilidad de acceder a una vivienda digna cerca de sus lugares de trabajo.

La paradoja resulta evidente en zonas de crecimiento turístico como Verón-Punta Cana. Allí, su auge inmobiliario eleva el valor del suelo, las viviendas y los alquileres impulsados por la demanda internacional, mientras que los salarios de buena parte de la fuerza laboral son inversamente proporcionales al ritmo de su crecimiento.

Entonces, ¿el auge del turismo en República Dominicana estaría elevando el precio de la vivienda por encima de la capacidad de compra de los empleados del sector, especialmente del primer quintil salarial?

El crecimiento también necesita equilibrio.

El problema no radica en el crecimiento del turismo, sino en la ausencia de mecanismos que distribuyan mejor sus beneficios. Una economía puede expandirse y, al mismo tiempo, crear nuevas desigualdades.

El Informe Mundial sobre las Ciudades 2026 de ONU-Hábitat advierte que la crisis de vivienda se ha profundizado a nivel global. El organismo estima que 3,400 millones de personas carecen de una vivienda adecuada, en tanto que el déficit habitacional aumentó de 251 millones en el 2010 a 288 millones en 2023. De igual forma, más de 1,100 millones de personas viven en asentamientos informales, confirmando que el acceso a la vivienda es hoy más difícil que hace dos décadas.

República Dominicana no escapa a esta realidad. De acuerdo al Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe y el Anuario de la Vivienda de América Latina y el Caribe 2025, el país presenta un déficit de vivienda de casi 1,4 millones, lo que equivale al 39,3 % de su oferta habitacional. El problema se agrava con el encarecimiento del suelo urbano, la escasa disponibilidad de viviendas asequibles y las limitaciones para obtener financiamiento hipotecario, lo que intensifica el hacinamiento, la expansión urbana desordenada y la presión sobre la infraestructura y los servicios públicos.

Esta dinámica de crecimiento acentúa la expansión urbana desordenada en los principales enclaves turísticos. Tal como ocurre con las manos de obra del primer quintil de ingresos, cuya canasta básica asciende a RD$29,489.84, perciben salarios mensuales de entre RD$15,000 y RD$25,000, insuficientes para acceder al mercado inmobiliario. En tanto que un apartamento promedio ronda los RD$6.1 millones, los alquileres oscilan entre RD$10,000 y RD$15,000, lo que absorbe una parte significativa de sus ingresos. Tal como sucede en destinos como Verón–Punta Cana, donde gran parte de las viviendas se comercializan en dólares, la brecha entre el salario y el costo de la vivienda es aún mayor.

El dinamismo del turismo simultáneamente aumenta la demanda de viviendas para residentes, trabajadores e inversionistas, intensifica la presión sobre los precios y reduce la oferta de viviendas asequibles para la población local.

Frente a este escenario, el Estado desarrolla programas de apoyo como Familia Feliz, Mi Vivienda y nuevas líneas de financiamiento impulsadas por el Ministerio de Vivienda, Hábitat y Edificaciones (MIVHED), dirigidas a facilitar la adquisición de la primera vivienda mediante subsidios y acceso al crédito.

No obstante, para acceder a estos programas, los ingresos de los solicitantes, según el proyecto, oscilan entre RD$40,000 y RD$70,000 mensuales por hogar; entre otras condiciones, deben obtener una precalificación para un préstamo hipotecario.

Como vemos, se cierra cada vez más la posibilidad para que el Estado pueda garantizar el derecho a una casa propia, como está establecido en nuestra Constitución. Sigue siendo una de las principales tareas del desarrollo nacional. Conciliar la expansión del turismo y del mercado inmobiliario con políticas públicas que aumenten la oferta de viviendas asequibles y de ese modo permitan que el crecimiento económico también se traduzca en mejores condiciones de vida para la población trabajadora.

Un mercado que habla en dólares.

Como es bien sabido, el mercado inmobiliario turístico funciona como una balanza desequilibrada. En uno de sus platos se encuentran inversionistas y compradores con alto poder adquisitivo; en el otro, los colaboradores cuyos ingresos apenas cubren el costo de la canasta básica.

Al tiempo que las viviendas se comercializan principalmente en dólares y los salarios se pagan en pesos, se distancia el ingreso y la posibilidad de adquirir una propiedad a nombre propio; como una brecha que se convierte en un abismo.

Bajo esa circunstancia, se obliga a que un numeroso grupo de empleados de hoteles, restaurantes y comercios tenga que compartir viviendas, trasladarse desde comunidades distantes o destinar una parte desproporcionada de sus ingresos al pago del alquiler.

El desafío de un desarrollo sostenible

Construir más hoteles no promueve automáticamente mejores condiciones de vida para quienes trabajarán en ellos. Del mismo modo que un edificio necesita soportes sólidos para mantenerse en pie, el desarrollo turístico necesariamente requiere un cimiento social capaz de salvaguardar su sostenibilidad.

Esta situación no es exclusiva del país. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y el Banco Interamericano de Desarrollo reportan que América Latina y el Caribe continúa siendo una de las regiones con mayores déficits habitacionales del mundo, motivado por la urbanización acelerada, informalidad laboral y restringido acceso al financiamiento.

Desde la perspectiva del desarrollo, la vivienda es el refugio donde comienza el desarrollo humano. Los beneficios del turismo deben proyectarse en una dimensión más amplia que la creación de empleos, atracción de inversiones, aumento de la productividad y estabilidad social. Más aún cuando su fomento dinamiza el sector de la construcción, la industria de materiales, el comercio, los servicios financieros y la infraestructura.

Ahora bien, la competitividad del sector dependerá también de la capacidad para ofrecer condiciones de vida dignas a su capital humano. Una fuerza laboral que está obligada a recorrer largas distancias, a enfrentar altos costos de alquiler o a vivir en condiciones de precariedad de algún modo, podría terminar afectando la productividad, la estabilidad laboral y la cohesión social.
Al final, este progreso turístico que tanto celebramos sigue dejando afuera a quienes lo hacen posible. Mientras los resorts crecen y las divisas entran, el acceso a una vivienda digna se vuelve cada vez más lejano para miles de trabajadores. Ya no se trata solo de números económicos: se trata de la relación rota entre las personas y su propio entorno. Un desarrollo que excluye a sus protagonistas no es progreso, es un espejismo.