domingo, 28 de junio de 2026

Lo que era Juanillo y lo que es hoy

Lo que era Juanillo y lo que es hoy

Se dice fácil, pero lo que era Juanillo en el 1970 y lo que es hoy Punta Cana, pocas naciones pueden exhibir: una gestión del destino, cuya práctica constituye un ejemplo mundial por su valor social turístico. La instalación del aeropuerto internacional en Verón-Punta Cana implicó la puesta en marcha de talentos para educar y activar la movilidad social en el Caribe y redefinir su territorio.

En estas casi 5 décadas se ha armonizado la transformación de este territorio casi despoblado, sin electricidad ni carreteras, en lo que es hoy. En este momento es el aeropuerto que recibe más pasajeros del Caribe, con más de 11 millones de visitantes en el 2025. Comunidades como Juanillo, Verón, Bávaro, El Macao, El Salado, La Ceiba y Cañada Honda paralelamente han evolucionado de vivir de la agricultura y la pesca de subsistencia a convertirse en centros de servicios, comercios y empleos formales. De esa forma, el turismo dejó de ser únicamente una actividad hotelera para convertirse en un motor de movilidad social.

En ese sentido, el turismo ya no solo genera empleos directos en los hoteles. También simultáneamente impulsa una economía que dinamiza el desarrollo inmobiliario, transportes, comercios, artistas, vendedores, guías y emprendimientos locales que se extiende más allá de este distrito municipal.

Tal vez no sea necesario agregar un elogio más ante tantos éxitos cosechados.  Pero haber coordinado esfuerzos para ampliar las oportunidades educativas, fomentar la inclusión y mejorar la calidad de vida de millones de personas es memorable. También es de orgullo haber moldeado nuestro turismo en un capital social con el poder transformador del patrimonio social de esta comunidad en un bien internacional.

La reorientación de este territorio demuestra que el turismo puede ser un auténtico capital social cuando se asocia educación, inclusión, inversión y desarrollo humano. Su verdadero impacto no se mide solo por cifras de visitantes, sino por ser un puente hacia la prosperidad y por cambiar las comunidades de su entorno más allá de su red de vías terrestres.

Cada etapa de la historia del Aeropuerto Internacional de Punta Cana igual revela la evolución de este territorio. A partir de su inauguración en 1983 como el primer aeropuerto privado de uso comercial internacional del mundo. Con ese acto se abrió la puerta principal para que entre el turismo y así se estableció un modelo de integración productiva y gestión reconocido mundialmente.

La visión de sembrar el turismo como eje del desarrollo produjo resultados que hoy son visibles en el empleo, la inversión, la educación y el bienestar de miles de familias. Aquella apuesta, sustentada en valores y en una planificación de largo plazo, terminó por redefinir el destino de La Altagracia. Como uno de los arquitectos del turismo dominicano, su visión contribuyó a convertir esta actividad en una de las columnas vertebrales del desarrollo territorial y en un instrumento capaz de generar prosperidad familiar.

En última instancia, los flujos turísticos son el resultado de millones de decisiones individuales sobre la confianza. La proyección de República Dominicana como un destino seguro ha sido un trabajo marcado por la constancia. El prestigio reputacional del Aeropuerto Internacional de Punta Cana es una respuesta al compromiso por ese capital invisible. En cada certificación en seguridad operacional, calidad, sostenibilidad y experiencia del pasajero o los premios consecutivos Airport Service Quality y ASQ Customer Experience, nos revela los criterios que priman en su manejo.

Tanto la calificación de cuatro estrellas de Skytrax, como la inclusión en la lista de los cien mejores aeropuertos del mundo, así como el reconocimiento como el Mejor Aeropuerto de Centroamérica y el Caribe, son valoraciones que demuestran que la implementación de una cultura de mejora continua basada en la planificación, la innovación y la excelencia puede consolidar una marca nación.

Por ejemplo, con la incorporación del programa Hidden Disabilities Sunflower en el Aeropuerto Internacional de Punta Cana, un paso esencial por la experiencia del viajero, lo convierte en el primer aeropuerto en la República Dominicana en adoptar este estándar internacional. En general, son señales que confirman que la competitividad turística también se mide por la inclusión, la empatía y el valor social.

De modo que lo que comenzó como una modesta pista de aterrizaje entre palmas canas, en este momento es uno de los aeropuertos más prestigiosos de América Latina y el Caribe. Configuro un ecosistema en Verón-Punta Cana y transformo su potencial en beneficio social. Sus logros a lo largo de este recorrido, tal vez estén relacionados con el azar como una estrategia de imagen; estos frutos son la respuesta de más de cuatro décadas de trabajo sostenido para que sea un catalizador del desarrollo regional.

Sin embargo, su mayor reconocimiento no son solo distinciones internacionales, sino haber demostrado que el turismo, cuando se gestiona con enfoque estratégico, puede convertirse en una de las herramientas más poderosas para el desarrollo económico, la inclusión y la transformación social.

Hoy, el Aeropuerto Internacional de Punta Cana es mucho más que una terminal aérea; representa un ejemplo de innovación y un símbolo de cómo la combinación entre visión empresarial, inversión y responsabilidad social ensancha los límites del desarrollo de las comunidades.

domingo, 14 de junio de 2026

El oro marrón del Caribe: problema u oportunidad

 

El oro marrón del Caribe: problema u oportunidad.

El sargazo ya no es una anomalía oceánica ni una molestia estacional. Se ha convertido en uno de los mayores desafíos ambientales, económicos y estratégicos que enfrenta el Caribe en el siglo XXI. Su impacto trasciende las estadísticas. Afecta a pescadores, comunidades costeras, empresas turísticas y miles de familias cuya economía depende del mar. Por ello, responder únicamente con jornadas de limpieza resulta insuficiente.

Durante 2026, la región será testigo de la presencia de una expansión sin precedentes del Gran Cinturón Atlántico de Sargazo: un ecosistema errante fuera de control de una gigantesca masa de macroalgas que se extiende por más de 8,000 kilómetros entre África, Sudamérica y el Caribe, impulsada por el calentamiento de los océanos, el exceso de nutrientes provenientes de actividades humanas y los efectos acumulados del cambio climático.

El Laboratorio de Oceanografía Óptica de la Universidad del Sur de Florida estima que este año será uno de los de mayor proliferación de sargazo registrados. Las proyecciones apuntan a más de 40 millones de toneladas flotando en el Atlántico, superando ampliamente los niveles observados en años anteriores. Lo que llega a las costas caribeñas no son únicamente algas flotantes; es la evidencia visible de un océano enfermo por décadas de desequilibrios ambientales.

Las consecuencias son profundas. El sargazo deteriora playas, afecta ecosistemas marinos, encarece las operaciones turísticas, amenaza la pesca y obliga a los gobiernos a destinar millones de dólares a labores de mitigación. Sin embargo, este fenómeno también plantea una paradoja: mientras representa una amenaza creciente para la competitividad regional, abre la puerta a nuevas oportunidades vinculadas a la economía azul, la innovación tecnológica y el aprovechamiento industrial de la biomasa.

En ese sentido, la verdadera pregunta ya no es cómo retirar el sargazo de las playas, sino cómo transformar este desafío en una ventaja estratégica capaz de generar empleo, inversión y desarrollo sostenible.

El grito silencioso del Atlántico

El crecimiento extraordinario del sargazo está asociado al aumento de la temperatura oceánica, las alteraciones climáticas y el exceso de nutrientes procedentes de fertilizantes agrícolas, descargas fluviales y otras actividades humanas. Este ecosistema errante recorre miles de kilómetros a través del Atlántico tropical y termina convirtiéndose en uno de los indicadores más visibles del deterioro ambiental global.

La paradoja es evidente. Muchos países caribeños sufren las consecuencias de esta anomalía ambiental cuyas causas se originan, en gran medida, fuera de sus fronteras. El sargazo es, por tanto, un riesgo transfronterizo que ningún gobierno puede resolver de manera aislada.

Cuando el sargazo golpea la principal industria del Caribe

La llegada masiva de sargazo afecta directamente la principal ventaja competitiva de la región: sus playas. La acumulación de algas deteriora el paisaje, genera malos olores, altera ecosistemas costeros e incrementa los costos de limpieza para gobiernos y empresas turísticas.

República Dominicana, México, Jamaica, Barbados y otros destinos enfrentan pérdidas económicas crecientes debido al deterioro ambiental de sus zonas costeras. Lo que comenzó como un fenómeno esporádico en el 2011 se ha transformado en un factor que condiciona la competitividad turística, la pesca y la planificación de inversiones.

Del residuo al recurso estratégico

Donde algunos ven una crisis, otros comienzan a identificar una oportunidad. El sargazo podría convertirse en una nueva materia prima para impulsar la economía verde y diversificar las economías costeras.

En República Dominicana, el BIO-S Lab de la Fundación Puntacana y el Proyecto CARIBS, coordinado por el INTEC, desarrollan investigaciones orientadas a transformar esta biomasa en productos de alto valor agregado. Paralelamente, iniciativas impulsadas por el BID Lab, la Unión Europea y la Agencia Francesa de Desarrollo promueven soluciones para convertir el sargazo en fertilizantes, biocombustibles, biomateriales, bioplásticos y materiales de construcción.

El cambio de paradigma es evidente: el sargazo comienza a dejar de ser un gasto para convertirse en un recurso económico. La combinación de investigación científica, innovación tecnológica y alianzas internacionales está sentando las bases de una nueva industria regional.

Más allá de la limpieza de playas

Como vemos, la repercusión del sargazo trasciende las estadísticas. Afecta a pescadores, comunidades costeras, empresas turísticas y a miles de familias cuya economía depende del mar. Por ello, responder únicamente con jornadas de limpieza resulta insuficiente.

Detrás de cada tonelada de algas que cubre una playa hay una historia concreta: el pescador que no puede salir al mar, el hotel que pierde reservaciones, la familia que construyó su vida frente a un horizonte que hoy huele a descomposición. El sargazo no es solo un problema ambiental; es una presión económica que golpea donde más duele, en la base de las comunidades que viven del Caribe.

Mientras la ciencia busca respuestas, el Atlántico tropical enfrenta una nueva realidad: cada año sin una estrategia integral implica más recursos destinados a mitigar sus consecuencias, en tanto que las causas profundas —calentamiento oceánico, contaminación por nutrientes y cambio climático— continúan avanzando sin una respuesta proporcional a su magnitud.

La buena noticia es que la región no está sola ni sin ideas. Las iniciativas en marcha —desde el BIO-S Lab en Punta Cana hasta las biorrefinerías en México, desde el Proyecto CARIBS hasta el respaldo de la Unión Europea y la cooperación francesa— demuestran que el camino de transformar el sargazo en recurso no es una utopía: es un proyecto en construcción que solo necesita voluntad política sostenida y cooperación regional decidida.

El Caribe tiene frente a sí una decisión histórica. Puede seguir reaccionando ante cada oleada de algas como si fuera la primera vez, destinando presupuestos a limpiar lo que volverá a llegar. O puede dar el salto que la situación exige: construir una industria, crear empleos verdes, generar conocimiento propio y convertir el llamado "oro marrón" en el recurso que redefina su economía para las próximas décadas.

Entonces, ya el océano tomó su decisión. Ahora a las naciones del Caribe les corresponde tomar la suya.

sábado, 6 de junio de 2026

Bauman en Punta Cana

Bauman en Punta Cana

Bauman nunca pisó Punta Cana, pero describió con precisión perturbadora su realidad. En el corazón del mayor destino turístico del Caribe, dos figuras de su sociología conviven sin tocarse: el turista líquido y el trabajador sólido. Uno elige marcharse cuando quiere. El otro solo puede quedarse.

El turismo contemporáneo es uno de los escenarios más nítidos donde la modernidad líquida se hace visible: un sistema que produce experiencias sin raíces, vínculos sin compromiso, identidades intercambiables y desarrollo sin integración social.

Zygmunt Bauman, como pensador sociológico polaco-británico, describe una sociedad caracterizada por la inestabilidad, el cambio constante y la fragilidad de los vínculos sociales, laborales y afectivos. Según su análisis, las estructuras firmes del pasado han sido sustituidas por relaciones más flexibles, temporales e inciertas. Esto es esencial para entender las transformaciones sociales, económicas y culturales del siglo XXI. Ahora bien, ¿vivimos en un mundo donde todo fluye, se transforma y se disuelve?

Bauman no escribió sobre Punta Cana, pero sus consideraciones nos describen.

El turista elige quedarse; el trabajador no puede irse.

Es vieja la comprensión de la sociedad centrada en el sujeto, en la experiencia humana concreta. En este marco, el sujeto que actúa como turista es una de las figuras representativas de la sociedad contemporánea; se queda o se va cuando quiere. No se mueven por necesidad de vagabundo, ni hacia meta de peregrino.

Como turista, se mueve por elección. Su comportamiento simboliza movilidad, libertad de elección y desapego del territorio, las instituciones e incluso de las identidades. Consume lugares, experiencias y culturas con la misma lógica con que consume productos: los prueba, los descarta y viaja por el siguiente. Su desplazamiento es un privilegio. Llega, consume y se va sin consecuencias. El destino existe para servirle.

En cambio, en el caso del vagabundo que se mueve, pero no tiene alimento y refugio, no elige, padece. El migrante, el desplazado, el trabajador que sigue al capital sin poder detenerse. Su movilidad es condena.

En un resort caribeño, estas figuras conviven sobre el mismo territorio sin tocarse realmente: el turista del norte global baraja opciones a qué playa visitar para la próxima temporada, mientras que el trabajador del sur global no tuvo más opción que atenderlo. Esa asimetría no es accidental: es la arquitectura social del modelo turístico de enclave.

Territorios líquidos para turistas líquidos

Para Bauman, el consumismo convierte todo en mercancía desechable: objetos, relaciones, experiencias e identidades. El turismo masivo aplica esa lógica al territorio con una eficiencia extraordinaria.

Un destino turístico estandarizado —sol, playa, todo incluido, animación nocturna— es exactamente lo que Bauman describiría como un producto de consumo fugaz: diseñado para satisfacer instantáneamente, construido para ser reemplazado por el próximo destino cuando el placer se agota y optimizado para no exigir compromiso ni profundidad al consumidor.

La identidad cultural del destino se convierte en valor de cambio. La gastronomía local se ajusta al paladar internacional. El espectáculo tradicional se cronometra como un show nocturno. La historia del territorio se reduce a la anécdota del guía turístico. Todo se licúa para fluir con mayor facilidad hacia el consumo del visitante.

Cuando las ganancias viajan y los costos se quedan

Bauman argumenta que en la modernidad líquida el capital es global y las consecuencias son locales. Esa fórmula describe con exactitud el modelo de desarrollo turístico en el Caribe.

El capital decide dónde invertir, desde dónde operar y cuándo retirarse sin consultar al territorio. Las ganancias fluyen hacia los accionistas de las corporaciones hoteleras en España, EE. UU. o Canadá. Los costos —degradación ambiental, presión sobre servicios públicos, encarecimiento del suelo, precariedad laboral— se solidifican en el territorio local y los absorbe la comunidad que no tomó ninguna de esas decisiones, sino que se movió por el salario.

Es el modelo líquido en su expresión más pura: el capital fluye libremente mientras los costos se depositan como sedimento en el territorio más vulnerable.  En ese sentido, el papel del turismo en una sociedad marcada por la movilidad, el consumo y la búsqueda permanente de nuevas experiencias.

¿Quiénes quedan fuera del milagro turístico de Punta Cana?

En “Vidas desperdiciadas: La modernidad y sus parias: Bauman nos enrostra cómo el progreso moderno produce inevitablemente residuos humanos: personas y comunidades que el sistema necesita, pero no integra; que el modelo usa, pero no reconoce; que el desarrollo desplaza sin compensar. Momento cuando el sistema genera más personas de las que puede absorber: son sobrantes o residuos humanos como “vidas desperdiciadas".

La forma como está estructurado el turismo opera con precisión: la comunidad local es necesaria como fuerza de trabajo, pero prescindible como sujeto cultural. Su identidad, su memoria y su relato no tienen valor de mercado en el modelo turístico convencional y, por tanto, no entran en la ecuación del desarrollo. Se convierten en residuos simbólicos: lo que el modelo produce sin querer y desecha sin pensarlo.

Verón, Bávaro Oeste, El Salado y La Ceiba son exactamente ese residuo en el mapa de Verón-Punta Cana, La Altagracia. Son territorios que el modelo necesita para funcionar, pero que no tienen que aparecer en la campaña de promoción ni en los estands de ferias turísticas internacionales. Ni mucho menos, en ningún indicador de éxito y en pocas decisiones de inversión pública.

Verón-Punta Cana: ¿una comunidad líquida?

En los argumentos de Bauman sobre la modernidad líquida, la comunidad se vuelve frágil, provisional y difícil de sostener porque las condiciones que la producen —trabajo estable, territorio compartido, identidad común, instituciones fuertes— se han disuelto.

En un enclave turístico de rápido crecimiento como Verón-Punta Cana, esa fragilidad se multiplica. La población crece aceleradamente, pero proviene de múltiples orígenes. La dinámica del trabajo: bajos salarios, condiciones laborales precarias, alta rotación de personal y horarios variables o inestables. La identidad territorial es débil porque el territorio mismo responde al interés del visitante y no al del habitante. Por igual, las instituciones como el gobierno local llegan tarde porque el crecimiento superó la velocidad de su gobernanza.

El resultado es una comunidad líquida en el sentido más baumaniano: numerosa pero poco cohesionada, presente, pero sin anclaje identitario fuerte, trabajadora, pero sin pertenencia consolidada; resulta inquietante.

Los turistas pueden irse; la comunidad debe permanecer.

La mirada de Bauman no ofrece una condena, sino una advertencia. Allí donde todo fluye sin límites —capitales, personas, inversiones y oportunidades— surge una pregunta fundamental: ¿qué permanece? Si la riqueza circula, pero no se arraiga; si las comunidades crecen, pero no se cohesionan; si el desarrollo avanza, pero no construye pertenencia, el progreso corre el riesgo de convertirse en una estructura sin raíces.

Entonces, nuestro gran desafío no es atraer más visitantes, sino transformar este crecimiento en bienestar duradero. Significa anclar valor en el territorio, fortalecer instituciones, construir una identidad cultural y viabilizar una relación entre la industria turística y la comunidad que vaya más allá de un contrato de trabajo.

Porque ningún destino puede sostenerse indefinidamente sobre salarios bajos, horarios inestables y alta rotación laboral, basar la estabilidad del negocio sobre la inestabilidad de quienes lo hacen posible.

Así como para Bauman, el turista representa al habitante ideal de la modernidad líquida: móvil, libre, consumidor de experiencias y poco atado a lugares o compromisos permanentes. Pero los territorios no pueden vivir como turistas. Necesitan memoria, vínculos, instituciones y sentido de pertenencia.

La verdadera sostenibilidad no consiste solo en que el turista regrese, sino en que la comunidad quiera quedarse. Ese es el momento en que el desarrollo deja de ser una estadística y se convierte en un proyecto colectivo. Bauman nunca escribió sobre Punta Cana, pero su obra nos ayuda a entender una pregunta decisiva para su futuro: cómo evitar que un territorio globalmente exitoso termine siendo localmente frágil.