El mercado cambió, la comercialización también.
Todos
estamos de acuerdo en que el turismo dominicano ha construido su éxito sobre un
modelo de comercialización conocido: mayorista, agencia, hotel y turista. Esta
forma se sustentó durante décadas y permitió colocar habitaciones y otros
servicios turísticos complementarios en los principales mercados emisores,
acompañando la expansión del turismo de masas. Sin embargo, el mercado cambió y
también lo hicieron los canales de comercialización.
Por
ejemplo, recientemente Rodrigo de la Peña Segura, presidente de la Asociación
de Hoteles de Cancún, afirmó que el sector no contempla reducir precios de
forma generalizada, sino que mantendrá las tarifas y las aumentará cuando las
condiciones lo permitan. Su planteamiento nos debe servir de referente como
nación para responder una pregunta central: ¿Cómo reevaluar la promoción y la
venta del producto turístico más allá de la dependencia del precio?
Ante
el debilitamiento de la demanda, reducir las tarifas aparece como una reacción
inmediata, pero también puede erosionar el valor percibido del enclave.
En el caso de México, muestra que está intentando trasladar la competencia
hacia el producto, la experiencia y la diferenciación, respaldando así el
precio con esos elementos. Paralelamente, el Caribe dominicano resulta
relevante porque su comercialización sigue apoyándose ampliamente en la cadena
mayorista, operador, hotel y turista. Sin embargo, esta práctica ya demanda una
nueva forma que no solo sea vender más habitaciones, sino determinar si el país
construye suficiente valor de destino para negociar mejor su producto y
depender menos del descuento.
Otra
muestra la constituye el Caribe cubano, donde ningún atractivo natural o
cultural sostiene por sí solo un modelo turístico cuando se rompe la cadena de
distribución que lo conecta con el visitante. Ni las playas, ni la historia, ni
la cultura de Cuba bastan sin la conexión con aerolíneas, operadores y hoteles
que las conviertan en llegadas reales. Hasta julio de 2026, la isla había
recibido 419,863 visitantes internacionales, 63% menos que en igual período de
2025, tras la ruptura simultánea de varios eslabones: escasez de combustible,
menor conectividad aérea y salida de operadores internacionales. El deterioro
se extendió desde el aeropuerto al trabajador con menores ingresos para la
nación, expresado en habitación vacía. Mientras tanto, RD y México mantienen
una actividad de mayor escala. Como vemos, una diferencia que no está solo en
los atractivos, sino en la capacidad de organizar, conectar y comercializar
esos recursos. Nos indica que la comercialización tiene que entenderse como
parte de la infraestructura turística, no como una etapa posterior al
desarrollo del centro turístico.
A
esto se suma un cambio que ya es medible dentro del propio mercado dominicano.
Según los datos recientes presentados por el ministro de Turismo, David
Collado, sobre la actividad de enero a agosto de este año, el 81% de los
turistas usó redes sociales para conocer el lugar antes de viajar. Un 60%
afirmó que la publicidad influyó directamente en su decisión. Instagram alcanzó
58%; Facebook, 42%; YouTube, 38%, y TikTok, 29%. La gestión comercial de la
oferta ya no ocurre únicamente en el circuito tradicional: el visitante también
descubre, compara y decide desde una pantalla. Esta vía digital —venta directa
hotel-consumidor a través de agencias de viajes online, redes sociales y sitios
propios— reduce la dependencia del modelo clásico de mayoristas y compite
directamente con él. Una tendencia que no debe ignorarse ni considerarse como
una cifra coyuntural; es un indicio de que el turista también está cambiando la
forma de elegir y comprar el producto. Un signo que nos debe servir para
orientar decisiones de mercadeo, publicidad y política turística.
El
modelo tradicional dominicano sigue funcionando como cadena, y sigue
produciendo récords. Las Oficinas de Promoción Turística fortalecen los
vínculos con operadores internacionales, y el Dominican Annual Tourism Exchange
(DATE) opera cada año como la plataforma de negocios entre compradores
extranjeros y suplidores nacionales. Durante esos encuentros, la industria se
hace visible y demuestra los factores que soportan el volumen.
Ahora
bien, dentro del país existe otro referente que vale la pena observar, y por
qué aprender de su gestión. El Grupo Puntacana ha venido desarrollando una
lógica distinta: manejar su territorio, el producto, la marca, la conexión, la
distribución y los visitantes. No se limita a vender habitaciones y otros
servicios turísticos; construyó progresivamente las condiciones para producir,
conectar y posicionarlo en los mercados. Por ejemplo, su alianza con Club Med
en 1978 lo conectó con los mercados internacionales, y el desarrollo de su
propio aeropuerto convirtió la conectividad en pieza estratégica: dejó de ser
solo una puerta de entrada para formar parte de la capacidad misma del
territorio para generar demanda. Después llegaron nuevas capas —inmobiliario,
educación, cultura, entretenimiento, deporte, etc.—; el producto dejó de ser
solo una habitación para convertirse en una experiencia integral.
No
se trata simplemente de copiar este modelo de empresa privada. Más bien, la
lección está en incorporar mejor lo que hoy aparece fragmentado. República
Dominicana ya posee infraestructura, marcas, conectividad, operadores y una
industria madura. La asignatura pendiente es articular esos activos para que la
comercialización no dependa exclusivamente del volumen que coloquen los
intermediarios.
De
igual modo, la interrogante de la política turística que queda planteada es,
entonces, cómo pasar de promocionar un país a comercializar mejor sus múltiples
destinos y experiencias. La respuesta puede estar menos en crear nuevos canales
que en conectar mejor los que ya existen. En ese contexto, reevaluar el
posicionamiento comercial del país frente a otros mercados. Esto no significa
que hay que abandonar la manera que nos ha permitido alcanzar el volumen
actual, por el contrario, implica reconocer que el turista cambió la forma de
adquirir el producto, que los mercados se transformaron y que la competencia
por su decisión ocurre mucho antes de que llegue al aeropuerto. El panorama
actual del Caribe turístico impone un reto claro: comercializar la oferta sin
depender únicamente de la capacidad de venta de los intermediarios. La próxima
etapa no debería consistir solamente en vender más habitaciones. También debe
consistir en aprender a vender mejor el destino.