Costo oculto del turismo en Punta Cana.
Verón-Bávaro-Punta
Cana crece, pero no para todos por igual. Detrás del dinamismo económico
persiste una deuda social acumulada que el PIB turístico no registra: sin redes
de acueducto ni planta de tratamiento de aguas residuales, movilidad vial
colapsada y un crecimiento urbano desordenado que avanza sin el marco regulador
previsto en el Plan de Ordenamiento Territorial, Uso de Suelo y Asentamientos
Humanos. Cada uno de estos déficits tiene un costo concreto: presión sobre la
salud pública, degradación de playas y arrecifes de coral, y erosión de la
calidad de vida de quienes sostienen el destino desde adentro. No se trata solo
de crecimiento turístico. Se trata de una reconfiguración real de la vida
social, donde propiedad, producción, trabajo, infraestructura y control del
espacio se reorganizan, pero sin que sus residentes sean los primeros
beneficiarios.
Hoy, este distrito
municipal comprime tensiones visibles, fruto de la estrategia de desarrollo
contemporáneo en el Caribe. Comparte una economía turística e inmobiliaria de
alto rendimiento; convive con zonas periféricas con escasa planificación. Lejos
de las narrativas de éxito y de impulsor —cifras récord de visitantes,
expansión hotelera y nuevos nichos—, el territorio revela una dinámica más
compleja: la producción de valor global junto a la reproducción local de
desigualdades como respuesta del ecosistema económico complejo en transición
territorial ciudad-región.
Del enclave
al sistema urbano en transición.
Durante décadas,
Bávaro y ahora Punta Cana han venido operando bajo la lógica de enclave
turístico: espacios altamente integrados al mercado internacional, con
estándares de infraestructuras y servicios que responden a la demanda externa
(aeropuerto y hoteles). Hoy, ese modelo se desborda hacia Verón, Bávaro Oeste,
El Salado y La Ceiba, como en Higüey, en barrios donde se concentra la fuerza
de trabajo y una creciente oferta de servicios.
Un alto porcentaje
de las tierras está en manos de capital externo a Verón-Bávaro-Punta Cana en
relación con las que están a nombre de sus residentes originarios. Y, por otro
lado, está marcado por la velocidad de la valorización del suelo, donde la concentración
de propiedad y de poder está representada por los propietarios de los terrenos.
El resultado es un
lugar de contraste (opulencia y precariedad); resorts colindan con barrios sin
agua potable ni alcantarillado, un referente de desarrollo desigual. Un enclave
que no ha sido originalmente concebido como una ciudad: su población, sus
funciones y su complejidad aumentan, pero no al mismo ritmo que su gobernanza,
planificación y provisión de bienes públicos y mucho menos se considera la
calidad de vida de la población más allá del tradicional crecimiento económico.
Igualmente, emerge
una rotura entre la sostenibilidad performativa y la sostenibilidad material en
Verón Bavaro-Punta Cana: calidad de vida, agua, saneamiento, residuos y
resiliencia costera siguen siendo cuellos de botella. La “experiencia” se
sofistica para el visitante, mientras la vida cotidiana del residente permanece
precarizada.
Expectativas: expansión con inercia global
Las proyecciones
de llegada de visitantes, la cartera de inversiones y la diversificación del
producto turístico (salud, MICE, deporte, lujo) nos muestran que el ciclo de
crecimiento continuará en el corto y mediano plazo en expansión. Este dinamismo
responde a una combinación de ventajas: conectividad aérea, marca país
consolidada y confianza del capital, fruto histórico de estabilidad social,
económica y política. Pero al mismo tiempo que una frágil institucionalidad
expresada en escasa regulación, se produce una inercia que no sólo es neutra
territorialmente, sino que tiende a concentrar rentas en nodos turísticos en
zonas costeras y a trasladar los costos (déficit de vivienda, movilidad,
servicios) hacia la periferia.
De enclave a ciudad: por qué Punta Cana
necesita más que turismo para ser sostenible
Insistir en la
lógica del “derrame” es poco convincente y no basta. La oportunidad estratégica
está en consolidar encadenamientos productivos, integrar lo local más allá de
las manos de obra, impulsar la economía creativa y las mipymes al circuito
turístico. Inversión y transformación de Verón Bavaro-Punta Cana en una ciudad
planificada como garantía de la sostenibilidad del destino.
Por ejemplo, el
Estado, a través del Comité Ejecutor de Infraestructuras de Zonas Turísticas
(CEIZTUR), tiene la responsabilidad de disponer de recursos para mejorar los
espacios públicos abiertos de los barrios que están en la periferia de las
zonas hoteleras: más habitables, dignos e inclusivos; acompañar al gobierno
local con política urbana más activa —ordenamiento del suelo, vivienda y
movilidad—, inversión en bienes públicos de alta capacidad, formación
técnico-profesional alineada a la demanda del sector y una regulación eficiente
que equilibre competitividad con derechos urbanos.
Quién captura el valor, quién asume los costos
El turismo en
Verón–Bávaro–Punta Cana genera divisas con eficiencia, pero distribuye sus
beneficios con inequidad. El capital —externo y nacional— captura las rentas en
los segmentos de mayor valor; el territorio local absorbe los costos: presión
sobre los servicios, encarecimiento del suelo y vulnerabilidad ambiental. Lo
que une a sus habitantes no es una comunidad construida, sino los salarios y
los ingresos. Un enclave que produce riqueza hacia afuera y reproduce
desigualdad hacia adentro.
De destino a ciudad-región
Verón–Bávaro–Punta Cana ya no es solo un destino
turístico. Es una ciudad-región en formación: más población, más funciones, más
complejidad. Pero ese tránsito —de distrito a municipio, de enclave a
territorio— exige algo que el crecimiento económico no garantiza por sí solo:
gobernanza, planificación y bienes públicos a la altura de quienes la habitan.
El motor turístico más importante del país convive con
brechas profundas en agua, salud, educación y empleo digno. Esa contradicción
no es accidental: es estructural. Y sin una intervención pública coordinada, el
modelo seguirá produciendo excelencia turística en la costa y precariedad en la
periferia.
El reto no es detener el crecimiento. Es dirigirlo.
Convertir la expansión en desarrollo inclusivo, la inversión en infraestructura
con equidad territorial y el dinamismo económico en bienestar real para quienes
sostienen el destino desde adentro.
Verón–Bávaro–Punta Cana tiene la escala, la
conectividad y la proyección para ser una ciudad ejemplar en el Caribe. Pero
esa oportunidad se cierra cada año que pasa sin planificación, sin regulación y
sin que el índice de bienestar social de sus residentes importe tanto como las
cifras de visitantes.
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