Costo laboral del turismo dominicano: un
contrato con letras pequeñas
La inversión turística llega a República Dominicana atraída por una
fórmula conocida: playas, clima tropical y mano de obra barata. Esa combinación
funciona como ventaja competitiva, pero también como un contrato con letras
pequeñas. Como país compite con bajos salarios, pero tras los años hemos
terminado atrapados en la necesidad de mantenerlos bajos para seguir siendo
atractivo frente a otros destinos del Caribe.
Ahí aparece la primera trampa. El modelo de turismo “todo incluido” de
bajo costo sostiene una considerable parte del Caribe dominicano, pero limita
la posibilidad de subir salarios sin perder competitividad. Si encarecemos la
mano de obra, otros destinos con el mismo sol y playa podrían captar la
inversión y turistas.
Un laberinto diseñado para no salir
El problema es que los salarios bajos también frenan el desarrollo. Sin
mejores ingresos no hay suficiente demanda interna, formación técnica ni
productividad para evolucionar hacia un turismo de mayor valor agregado. El
país está encerrado en un laberinto económico: necesita salarios bajos para
competir, pero esos mismos salarios impiden salir de este parámetro de bajo
costo.
Como arenas movedizas sociales: mientras más intenta sostener el modelo
de bajo costo, más difícil resulta salir de él. Llegan millones de turistas y
crecen los resorts, pero gran parte de la riqueza no se transforma en bienestar
territorial; por el contrario, en desigualdades.
Una carrera donde el trabajador pierde
República Dominicana no compite sola. En el Caribe existe una carrera
regional donde cada destino intenta ofrecer mejores condiciones al capital:
incentivos, regulaciones flexibles y mano de obra barata. En esa competencia el
trabajador rara vez gana.
Las reglas están escritas a favor del inversionista. Exenciones
fiscales, débil negociación laboral y escasa representación de las comunidades.
Con pocos márgenes para negociar, como países receptivos aceptamos las
condiciones, pero ya el precio de su desarrollo manifiesta otros costos
visibles, que no aparecen en los libros contables, aquellos que terminan
pagándose en salarios bajos, desequilibrio y presión social.
No es una falla accidental: es una arquitectura económica diseñada para
atraer capital global sin cuestionamiento. Ahora bien, el Caribe dominicano
tiene un peso específico en el mercado gracias a una combinación de ventajas
geográficas, políticas, económicas, logísticas y estratégicas que lo convierten
en una plataforma regional del ocio, los negocios y la conectividad
internacional. Es un sujeto con condiciones para renegociar, poner sobre
la mesa y poder transparentar sus costos reales en la explotación y
comercialización de su producto turístico.
El empleo que no crea desarrollo
El turismo genera empleo, pero muchas veces no
construye trayectorias reales de movilidad social. Veámoslo de esta forma: una
camarista que pasa veinte años limpiando habitaciones puede sostener la
operación hotelera sin acumular capacidades transferibles a sectores de mayor
productividad.
Es ahí, entonces, donde surge otra trampa
silenciosa: el empleo existe, pero el desarrollo humano no avanza al mismo
ritmo. Este paradigma utiliza mano de obra intensiva, aunque con limitada
formación técnica y baja acumulación de capital humano.
El costo de vivir donde llega el turismo
El turismo también encarece el territorio. En zonas como
Verón-Bávaro-Punta Cana suben el alquiler, los alimentos y los servicios como
transporte, salud y educación, impulsados por la propia expansión turística. El
camarero que sirve en el restaurante no puede vivir cerca del hotel porque el
costo de su vida crece más rápido que su salario. Su ingreso tiene que
distribuirlo entre vivienda, alimentos y transporte. Eso quiere decir que
apenas respira, sin poder institucional, sin organización suficiente y sin un
Estado que no ha podido decidir todavía de qué lado está.
Necesariamente, como país, tenemos que tratar de crear las condiciones
para escapar de este modelo turístico de bajo costo y avanzar hacia
niveles más altos de productividad y valor agregado. Pero, al mismo tiempo, la
propia estructura del sistema está diseñada para garantizar su competitividad
inmediata y estabilidad económica, lo que de alguna manera nos
tiene atrapados en una dinámica difícil de transformar.
Por ejemplo, en Verón-Bávaro-Punta Cana, donde alquilar una habitación
cuesta entre RD$8,000 y RD$15,000 mensuales y la canasta básica supera los
RD$48,100, un salario mínimo sectorial de entre RD$18,409 y RD$21,840 no
representa un piso de bienestar, sino una estructura salarial insuficiente
frente al costo real de vida. Incluso el quintil más bajo, estimado en RD$
29,350.98 mensuales, queda por encima de una gran parte de los ingresos
laborales del sector turístico en este distrito municipal.
Como una deuda invisible: no figura en los balances financieros, pero se
acumula en el territorio y en la vida del trabajador. Mientras las ganancias
viajan felices y contentas hacia las cadenas hoteleras, los operadores y los
accionistas internacionales, los costos sociales se territorializan como
cansancios y fatigas.
Un contrato que nadie leyó
Tenemos que conciliar que la actividad
turística dominicana ha evolucionado hasta convertirse hoy en uno de los
destinos turísticos más rentables por kilómetro de playa, pero también en uno
de los más dependientes del modelo de “todo incluido” masivo.
Como país estamos en una encrucijada que
tenemos que enfrentar a mediano y a largo plazo: mantener intacta una
estructura basada en bajos salarios o redistribuir parte de la riqueza
turística hacia los trabajadores y las comunidades. Depende de la voluntad
política, pues eso implica reformar políticas públicas, fortalecer
instituciones y construir un diálogo más equilibrado entre inversión,
desarrollo territorial y bienestar social.
De igual forma, nuestra economía exhibe un crecimiento macroeconómico notable, pero esconde sus costos humanos fuera del estado financiero. Nuestro turismo no solo opera como motor económico; también funciona como un contrato con letras pequeñas: el capital conoce con precisión sus beneficios, mientras el trabajador descubre los costos cuando ya forma parte del sistema y el territorio termina absorbiendo las pérdidas del negocio.
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