sábado, 6 de junio de 2026

Bauman en Punta Cana

Bauman en Punta Cana

Bauman nunca pisó Punta Cana, pero describió con precisión perturbadora su realidad. En el corazón del mayor destino turístico del Caribe, dos figuras de su sociología conviven sin tocarse: el turista líquido y el trabajador sólido. Uno elige marcharse cuando quiere. El otro solo puede quedarse.

El turismo contemporáneo es uno de los escenarios más nítidos donde la modernidad líquida se hace visible: un sistema que produce experiencias sin raíces, vínculos sin compromiso, identidades intercambiables y desarrollo sin integración social.

Zygmunt Bauman, como pensador sociológico polaco-británico, describe una sociedad caracterizada por la inestabilidad, el cambio constante y la fragilidad de los vínculos sociales, laborales y afectivos. Según su análisis, las estructuras firmes del pasado han sido sustituidas por relaciones más flexibles, temporales e inciertas. Esto es esencial para entender las transformaciones sociales, económicas y culturales del siglo XXI. Ahora bien, ¿vivimos en un mundo donde todo fluye, se transforma y se disuelve?

Bauman no escribió sobre Punta Cana, pero sus consideraciones nos describen.

El turista elige quedarse; el trabajador no puede irse.

Es vieja la comprensión de la sociedad centrada en el sujeto, en la experiencia humana concreta. En este marco, el sujeto que actúa como turista es una de las figuras representativas de la sociedad contemporánea; se queda o se va cuando quiere. No se mueven por necesidad de vagabundo, ni hacia meta de peregrino.

Como turista, se mueve por elección. Su comportamiento simboliza movilidad, libertad de elección y desapego del territorio, las instituciones e incluso de las identidades. Consume lugares, experiencias y culturas con la misma lógica con que consume productos: los prueba, los descarta y viaja por el siguiente. Su desplazamiento es un privilegio. Llega, consume y se va sin consecuencias. El destino existe para servirle.

En cambio, en el caso del vagabundo que se mueve, pero no tiene alimento y refugio, no elige, padece. El migrante, el desplazado, el trabajador que sigue al capital sin poder detenerse. Su movilidad es condena.

En un resort caribeño, estas figuras conviven sobre el mismo territorio sin tocarse realmente: el turista del norte global baraja opciones a qué playa visitar para la próxima temporada, mientras que el trabajador del sur global no tuvo más opción que atenderlo. Esa asimetría no es accidental: es la arquitectura social del modelo turístico de enclave.

Territorios líquidos para turistas líquidos

Para Bauman, el consumismo convierte todo en mercancía desechable: objetos, relaciones, experiencias e identidades. El turismo masivo aplica esa lógica al territorio con una eficiencia extraordinaria.

Un destino turístico estandarizado —sol, playa, todo incluido, animación nocturna— es exactamente lo que Bauman describiría como un producto de consumo fugaz: diseñado para satisfacer instantáneamente, construido para ser reemplazado por el próximo destino cuando el placer se agota y optimizado para no exigir compromiso ni profundidad al consumidor.

La identidad cultural del destino se convierte en valor de cambio. La gastronomía local se ajusta al paladar internacional. El espectáculo tradicional se cronometra como un show nocturno. La historia del territorio se reduce a la anécdota del guía turístico. Todo se licúa para fluir con mayor facilidad hacia el consumo del visitante.

Cuando las ganancias viajan y los costos se quedan

Bauman argumenta que en la modernidad líquida el capital es global y las consecuencias son locales. Esa fórmula describe con exactitud el modelo de desarrollo turístico en el Caribe.

El capital decide dónde invertir, desde dónde operar y cuándo retirarse sin consultar al territorio. Las ganancias fluyen hacia los accionistas de las corporaciones hoteleras en España, EE. UU. o Canadá. Los costos —degradación ambiental, presión sobre servicios públicos, encarecimiento del suelo, precariedad laboral— se solidifican en el territorio local y los absorbe la comunidad que no tomó ninguna de esas decisiones, sino que se movió por el salario.

Es el modelo líquido en su expresión más pura: el capital fluye libremente mientras los costos se depositan como sedimento en el territorio más vulnerable.  En ese sentido, el papel del turismo en una sociedad marcada por la movilidad, el consumo y la búsqueda permanente de nuevas experiencias.

¿Quiénes quedan fuera del milagro turístico de Punta Cana?

En “Vidas desperdiciadas: La modernidad y sus parias: Bauman nos enrostra cómo el progreso moderno produce inevitablemente residuos humanos: personas y comunidades que el sistema necesita, pero no integra; que el modelo usa, pero no reconoce; que el desarrollo desplaza sin compensar. Momento cuando el sistema genera más personas de las que puede absorber: son sobrantes o residuos humanos como “vidas desperdiciadas".

La forma como está estructurado el turismo opera con precisión: la comunidad local es necesaria como fuerza de trabajo, pero prescindible como sujeto cultural. Su identidad, su memoria y su relato no tienen valor de mercado en el modelo turístico convencional y, por tanto, no entran en la ecuación del desarrollo. Se convierten en residuos simbólicos: lo que el modelo produce sin querer y desecha sin pensarlo.

Verón, Bávaro Oeste, El Salado y La Ceiba son exactamente ese residuo en el mapa de Verón-Punta Cana, La Altagracia. Son territorios que el modelo necesita para funcionar, pero que no tienen que aparecer en la campaña de promoción ni en los estands de ferias turísticas internacionales. Ni mucho menos, en ningún indicador de éxito y en pocas decisiones de inversión pública.

Verón-Punta Cana: ¿una comunidad líquida?

En los argumentos de Bauman sobre la modernidad líquida, la comunidad se vuelve frágil, provisional y difícil de sostener porque las condiciones que la producen —trabajo estable, territorio compartido, identidad común, instituciones fuertes— se han disuelto.

En un enclave turístico de rápido crecimiento como Verón-Punta Cana, esa fragilidad se multiplica. La población crece aceleradamente, pero proviene de múltiples orígenes. La dinámica del trabajo: bajos salarios, condiciones laborales precarias, alta rotación de personal y horarios variables o inestables. La identidad territorial es débil porque el territorio mismo responde al interés del visitante y no al del habitante. Por igual, las instituciones como el gobierno local llegan tarde porque el crecimiento superó la velocidad de su gobernanza.

El resultado es una comunidad líquida en el sentido más baumaniano: numerosa pero poco cohesionada, presente, pero sin anclaje identitario fuerte, trabajadora, pero sin pertenencia consolidada; resulta inquietante.

Los turistas pueden irse; la comunidad debe permanecer.

La mirada de Bauman no ofrece una condena, sino una advertencia. Allí donde todo fluye sin límites —capitales, personas, inversiones y oportunidades— surge una pregunta fundamental: ¿qué permanece? Si la riqueza circula, pero no se arraiga; si las comunidades crecen, pero no se cohesionan; si el desarrollo avanza, pero no construye pertenencia, el progreso corre el riesgo de convertirse en una estructura sin raíces.

Entonces, nuestro gran desafío no es atraer más visitantes, sino transformar este crecimiento en bienestar duradero. Significa anclar valor en el territorio, fortalecer instituciones, construir una identidad cultural y viabilizar una relación entre la industria turística y la comunidad que vaya más allá de un contrato de trabajo.

Porque ningún destino puede sostenerse indefinidamente sobre salarios bajos, horarios inestables y alta rotación laboral, basar la estabilidad del negocio sobre la inestabilidad de quienes lo hacen posible.

Así como para Bauman, el turista representa al habitante ideal de la modernidad líquida: móvil, libre, consumidor de experiencias y poco atado a lugares o compromisos permanentes. Pero los territorios no pueden vivir como turistas. Necesitan memoria, vínculos, instituciones y sentido de pertenencia.

La verdadera sostenibilidad no consiste solo en que el turista regrese, sino en que la comunidad quiera quedarse. Ese es el momento en que el desarrollo deja de ser una estadística y se convierte en un proyecto colectivo. Bauman nunca escribió sobre Punta Cana, pero su obra nos ayuda a entender una pregunta decisiva para su futuro: cómo evitar que un territorio globalmente exitoso termine siendo localmente frágil.

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