Bauman en Punta Cana
Bauman nunca pisó
Punta Cana, pero describió con precisión perturbadora su realidad. En el
corazón del mayor destino turístico del Caribe, dos figuras de su sociología
conviven sin tocarse: el turista líquido y el trabajador sólido. Uno elige
marcharse cuando quiere. El otro solo puede quedarse.
El turismo
contemporáneo es uno de los escenarios más nítidos donde la modernidad líquida
se hace visible: un sistema que produce experiencias sin raíces, vínculos sin
compromiso, identidades intercambiables y desarrollo sin integración social.
Zygmunt Bauman,
como pensador sociológico polaco-británico, describe una sociedad caracterizada
por la inestabilidad, el cambio constante y la fragilidad de los vínculos
sociales, laborales y afectivos. Según su análisis, las estructuras firmes del
pasado han sido sustituidas por relaciones más flexibles, temporales e
inciertas. Esto es esencial para entender las transformaciones sociales,
económicas y culturales del siglo XXI. Ahora bien, ¿vivimos en un mundo donde
todo fluye, se transforma y se disuelve?
Bauman no escribió
sobre Punta Cana, pero sus consideraciones nos describen.
El turista elige quedarse; el
trabajador no puede irse.
Es vieja la
comprensión de la sociedad centrada en el sujeto, en la experiencia humana
concreta. En este marco, el sujeto que actúa como turista es una de las figuras
representativas de la sociedad contemporánea; se queda o se va cuando quiere.
No se mueven por necesidad de vagabundo, ni hacia meta de peregrino.
Como turista, se
mueve por elección. Su comportamiento simboliza movilidad, libertad de elección
y desapego del territorio, las instituciones e incluso de las identidades.
Consume lugares, experiencias y culturas con la misma lógica con que consume
productos: los prueba, los descarta y viaja por el siguiente. Su desplazamiento
es un privilegio. Llega, consume y se va sin consecuencias. El destino existe
para servirle.
En cambio, en el
caso del vagabundo que se mueve, pero no tiene alimento y refugio, no elige,
padece. El migrante, el desplazado, el trabajador que sigue al capital sin
poder detenerse. Su movilidad es condena.
En un resort
caribeño, estas figuras conviven sobre el mismo territorio sin tocarse
realmente: el turista del norte global baraja opciones a qué playa visitar para
la próxima temporada, mientras que el trabajador del sur global no tuvo más
opción que atenderlo. Esa asimetría no es accidental: es la arquitectura social
del modelo turístico de enclave.
Territorios líquidos para turistas líquidos
Para Bauman, el
consumismo convierte todo en mercancía desechable: objetos, relaciones,
experiencias e identidades. El turismo masivo aplica esa lógica al territorio
con una eficiencia extraordinaria.
Un destino
turístico estandarizado —sol, playa, todo incluido, animación nocturna— es
exactamente lo que Bauman describiría como un producto de consumo fugaz:
diseñado para satisfacer instantáneamente, construido para ser reemplazado por
el próximo destino cuando el placer se agota y optimizado para no exigir
compromiso ni profundidad al consumidor.
La identidad
cultural del destino se convierte en valor de cambio. La gastronomía local se
ajusta al paladar internacional. El espectáculo tradicional se cronometra como
un show nocturno. La historia del territorio se reduce a la anécdota del guía
turístico. Todo se licúa para fluir con mayor facilidad hacia el consumo del
visitante.
Cuando las
ganancias viajan y los costos se quedan
Bauman argumenta
que en la modernidad líquida el capital es global y las consecuencias son
locales. Esa fórmula describe con exactitud el modelo de desarrollo turístico
en el Caribe.
El capital decide
dónde invertir, desde dónde operar y cuándo retirarse sin consultar al
territorio. Las ganancias fluyen hacia los accionistas de las corporaciones
hoteleras en España, EE. UU. o Canadá. Los costos —degradación ambiental,
presión sobre servicios públicos, encarecimiento del suelo, precariedad
laboral— se solidifican en el territorio local y los absorbe la comunidad que
no tomó ninguna de esas decisiones, sino que se movió por el salario.
Es el modelo
líquido en su expresión más pura: el capital fluye libremente mientras los
costos se depositan como sedimento en el territorio más vulnerable. En
ese sentido, el papel del turismo en una sociedad marcada por la movilidad, el
consumo y la búsqueda permanente de nuevas experiencias.
¿Quiénes quedan fuera del milagro turístico de Punta Cana?
En “Vidas
desperdiciadas: La modernidad y sus parias: Bauman nos enrostra cómo
el progreso moderno produce inevitablemente residuos humanos: personas y
comunidades que el sistema necesita, pero no integra; que el modelo usa, pero
no reconoce; que el desarrollo desplaza sin compensar. Momento cuando el sistema
genera más personas de las que puede absorber: son sobrantes o residuos humanos
como “vidas desperdiciadas".
La forma como está
estructurado el turismo opera con precisión: la comunidad local es necesaria
como fuerza de trabajo, pero prescindible como sujeto cultural. Su identidad,
su memoria y su relato no tienen valor de mercado en el modelo turístico
convencional y, por tanto, no entran en la ecuación del desarrollo. Se
convierten en residuos simbólicos: lo que el modelo produce sin querer y
desecha sin pensarlo.
Verón, Bávaro
Oeste, El Salado y La Ceiba son exactamente ese residuo en el mapa de
Verón-Punta Cana, La Altagracia. Son territorios que el modelo necesita para
funcionar, pero que no tienen que aparecer en la campaña de promoción ni en los
estands de ferias turísticas internacionales. Ni mucho menos, en ningún
indicador de éxito y en pocas decisiones de inversión pública.
Verón-Punta
Cana: ¿una comunidad líquida?
En los argumentos de
Bauman sobre la modernidad líquida, la comunidad se vuelve frágil, provisional
y difícil de sostener porque las condiciones que la producen —trabajo estable,
territorio compartido, identidad común, instituciones fuertes— se han disuelto.
En un enclave turístico
de rápido crecimiento como Verón-Punta Cana, esa fragilidad se multiplica. La
población crece aceleradamente, pero proviene de múltiples orígenes. La
dinámica del trabajo: bajos salarios, condiciones laborales precarias, alta
rotación de personal y horarios variables o inestables. La identidad
territorial es débil porque el territorio mismo responde al interés del
visitante y no al del habitante. Por igual, las instituciones como el gobierno
local llegan tarde porque el crecimiento superó la velocidad de su gobernanza.
El resultado es una comunidad líquida en el
sentido más baumaniano: numerosa pero poco cohesionada, presente, pero sin
anclaje identitario fuerte, trabajadora, pero sin pertenencia consolidada;
resulta inquietante.
Los
turistas pueden irse; la comunidad debe permanecer.
La mirada de
Bauman no ofrece una condena, sino una advertencia. Allí donde todo fluye sin
límites —capitales, personas, inversiones y oportunidades— surge una pregunta
fundamental: ¿qué permanece? Si la riqueza circula, pero no se arraiga; si las
comunidades crecen, pero no se cohesionan; si el desarrollo avanza, pero no
construye pertenencia, el progreso corre el riesgo de convertirse en una
estructura sin raíces.
Entonces, nuestro
gran desafío no es atraer más visitantes, sino transformar este crecimiento en
bienestar duradero. Significa anclar valor en el territorio, fortalecer
instituciones, construir una identidad cultural y viabilizar una relación entre
la industria turística y la comunidad que vaya más allá de un contrato de
trabajo.
Porque ningún
destino puede sostenerse indefinidamente sobre salarios bajos, horarios
inestables y alta rotación laboral, basar la estabilidad del negocio sobre la
inestabilidad de quienes lo hacen posible.
Así como para
Bauman, el turista representa al habitante ideal de la modernidad líquida:
móvil, libre, consumidor de experiencias y poco atado a lugares o compromisos
permanentes. Pero los territorios no pueden vivir como turistas. Necesitan
memoria, vínculos, instituciones y sentido de pertenencia.
La verdadera
sostenibilidad no consiste solo en que el turista regrese, sino en que la
comunidad quiera quedarse. Ese es el momento en que el desarrollo deja de ser
una estadística y se convierte en un proyecto colectivo. Bauman nunca escribió
sobre Punta Cana, pero su obra nos ayuda a entender una pregunta decisiva para
su futuro: cómo evitar que un territorio globalmente exitoso termine siendo
localmente frágil.
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