Verón-Punta Cana: el territorio como tablero de poder.
El Plan Municipal
de Ordenamiento Territorial (PMOT) de Verón–Punta Cana activa un panorama en La
Altagracia inquietante. Como instrumento técnico, generó reacciones
encontradas. Un escenario donde convergen intereses económicos, expectativas
comunitarias y cálculos políticos. Reveló la inquietud de que el debate sobre
el territorio también es, en esencia, una discusión sobre poder, inversión y
futuro, y que no se inició con el rechazo de comunitarios de El Salado y La
Ceiba de este distrito municipal.
Es conveniente
resaltar que el PMOT entró en su segunda etapa: consensual. Es el momento de
negociar, de ajustar posiciones, antes de someter el plan a votación y aprobar
sus ordenanzas definitivas. Sin embargo, legitimar el documento no es el final
del proceso, sino apenas su punto de partida. Su gestión como herramienta viva
y sus resultados reales solo podrán medirse con el paso del tiempo.
Ante esta
circunstancia, la respuesta de la Junta Distrital tiene una doble naturaleza:
reactiva y proactiva. Reactiva, porque responde a una presión política
y social existente; proactiva, porque intenta anticiparse al conflicto mediante
foros de concertación, mesas destinadas a canalizar las diferencias antes de
que se conviertan en inconformidad abierta. Al respecto, durante ese período
resulta fundamental ampliar e incorporar más voces. Sin embargo, este proceso
no comenzó con el anuncio de apertura al consenso democrático; durante la etapa
del diagnóstico territorial, así como en la preparación y presentación del
borrador del PMOT, hubo algunos acuerdos.
La estrategia se parece a la de quien detecta humo
antes de que aparezca el incendio. Su debut en Madrid en el marco
de FITUR-2026, seis meses antes de la exposición técnica el 17 de julio, como un
modelo de ordenamiento con reglas claras y respaldo técnico, destinado a
generar confianza y seguridad para la inversión. Sin embargo, mostró que se
produjeron entendimientos anticipados para evitar una crisis. Con la
incorporación de voces en el ciclo del análisis socioespacial, fue como
contener los efectos de un incendio fuera de control. No se ignoraron esas
señales, sino que se integraron para hacerlo manejable y a bajo costo.
El factor decisivo
es el alcance del PMOT: 484.44 kilómetros cuadrados quedarán sometidos a normas
de uso de suelo durante los próximos diez años. Esa dimensión convierte cada
clasificación territorial en una decisión con consecuencias económicas concretas,
pero que tiene incidencia en los resultados de las elecciones del 2028. Eso
significa que lo que hoy aparece como una línea sobre un mapa mañana puede
evolucionar a una zona turística, residencial, agrícola, ambientalmente
protegida o restringida para determinadas actividades con repercusiones
políticas y electorales.
Por eso
empresarios y un partido político observan el PMOT con una lógica
distinta a la del técnico o del residente. Para quien tiene capital invertido o
proyección política, la clasificación del suelo no es una abstracción: puede
determinar el valor futuro de una propiedad, la viabilidad de un proyecto o el
retorno de una inversión. Más allá del eje de la bancabilidad, estabilidad del
valor de los activos, competitividad y sostenibilidad, también representa una
oportunidad para posicionar y promocionar a figuras políticas. El mapa actúa,
en consecuencia, como especie de un tablero económico y político por encima de
lo social.
De ahí que hayan
aumentado los encuentros empresariales, sectoriales y políticos con el director
distrital. Cada actor busca sacar ventaja dentro de lo que está en juego en el
PMOT. Procuran llegar a su definición final con sus intereses conciliados. La premisa
parece sencilla: es mejor participar en la construcción de los reglamentos que
adaptarse después de ya aprobados.
El problema
aparece cuando la negociación se adelanta demasiado al debate público. Los
espacios de diálogo pueden ser medios útiles para escuchar, corregir y
construir consensos, pero no deberían sustituir las vistas públicas ni
capitalizar el ordenamiento territorial en una negociación entre sectores con
mayor capacidad de presión.
El PMOT necesita
precisamente lo contrario: que el territorio sea entendido como un patrimonio
colectivo y no como una suma de oportunidades particulares y grupales. El suelo
pertenece a una comunidad antes de convertirse en activo inmobiliario, atractivo
turístico o plataforma de inversión.
La verdadera
prueba para la Junta Distrital será, entonces, equilibrar intereses sin perder
legitimidad. Como representante de los votantes. Es necesario, como
obligatorio, escuchar tanto al empresario, político y a las comunidades como
incorporar criterios técnicos; garantizar la participación de todos para
articularlo como un recurso socialmente incuestionable.
Porque el PMOT no
solamente decidirá dónde se puede construir, sino también qué
modelo de territorio quiere ser Verón–Punta Cana durante la próxima década. Y
esa decisión no debería tratarse únicamente en las mesas donde se negocian
utilidades, sino también en el espacio público donde la sociedad pueda conocer,
discutir y finalmente asumir sus consecuencias.
Entonces, el
desafío está planteado: transformar esta ansiedad territorial en diálogo, la
presión sectorial en participación y negociación previa en una planificación
legítima. En la medida en que superemos esta fase lo antes posible, el PMOT más
pronto podrá pasar de ser un documento regulador a la administración del
crecimiento sin hipotecar su porvenir.
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