domingo, 28 de junio de 2026

Lo que era Juanillo y lo que es hoy

Lo que era Juanillo y lo que es hoy

Se dice fácil, pero lo que era Juanillo en el 1970 y lo que es hoy Punta Cana, pocas naciones pueden exhibir: una gestión del destino, cuya práctica constituye un ejemplo mundial por su valor social turístico. La instalación del aeropuerto internacional en Verón-Punta Cana implicó la puesta en marcha de talentos para educar y activar la movilidad social en el Caribe y redefinir su territorio.

En estas casi 5 décadas se ha armonizado la transformación de este territorio casi despoblado, sin electricidad ni carreteras, en lo que es hoy. En este momento es el aeropuerto que recibe más pasajeros del Caribe, con más de 11 millones de visitantes en el 2025. Comunidades como Juanillo, Verón, Bávaro, El Macao, El Salado, La Ceiba y Cañada Honda paralelamente han evolucionado de vivir de la agricultura y la pesca de subsistencia a convertirse en centros de servicios, comercios y empleos formales. De esa forma, el turismo dejó de ser únicamente una actividad hotelera para convertirse en un motor de movilidad social.

En ese sentido, el turismo ya no solo genera empleos directos en los hoteles. También simultáneamente impulsa una economía que dinamiza el desarrollo inmobiliario, transportes, comercios, artistas, vendedores, guías y emprendimientos locales que se extiende más allá de este distrito municipal.

Tal vez no sea necesario agregar un elogio más ante tantos éxitos cosechados.  Pero haber coordinado esfuerzos para ampliar las oportunidades educativas, fomentar la inclusión y mejorar la calidad de vida de millones de personas es memorable. También es de orgullo haber moldeado nuestro turismo en un capital social con el poder transformador del patrimonio social de esta comunidad en un bien internacional.

La reorientación de este territorio demuestra que el turismo puede ser un auténtico capital social cuando se asocia educación, inclusión, inversión y desarrollo humano. Su verdadero impacto no se mide solo por cifras de visitantes, sino por ser un puente hacia la prosperidad y por cambiar las comunidades de su entorno más allá de su red de vías terrestres.

Cada etapa de la historia del Aeropuerto Internacional de Punta Cana igual revela la evolución de este territorio. A partir de su inauguración en 1983 como el primer aeropuerto privado de uso comercial internacional del mundo. Con ese acto se abrió la puerta principal para que entre el turismo y así se estableció un modelo de integración productiva y gestión reconocido mundialmente.

La visión de sembrar el turismo como eje del desarrollo produjo resultados que hoy son visibles en el empleo, la inversión, la educación y el bienestar de miles de familias. Aquella apuesta, sustentada en valores y en una planificación de largo plazo, terminó por redefinir el destino de La Altagracia. Como uno de los arquitectos del turismo dominicano, su visión contribuyó a convertir esta actividad en una de las columnas vertebrales del desarrollo territorial y en un instrumento capaz de generar prosperidad familiar.

En última instancia, los flujos turísticos son el resultado de millones de decisiones individuales sobre la confianza. La proyección de República Dominicana como un destino seguro ha sido un trabajo marcado por la constancia. El prestigio reputacional del Aeropuerto Internacional de Punta Cana es una respuesta al compromiso por ese capital invisible. En cada certificación en seguridad operacional, calidad, sostenibilidad y experiencia del pasajero o los premios consecutivos Airport Service Quality y ASQ Customer Experience, nos revela los criterios que priman en su manejo.

Tanto la calificación de cuatro estrellas de Skytrax, como la inclusión en la lista de los cien mejores aeropuertos del mundo, así como el reconocimiento como el Mejor Aeropuerto de Centroamérica y el Caribe, son valoraciones que demuestran que la implementación de una cultura de mejora continua basada en la planificación, la innovación y la excelencia puede consolidar una marca nación.

Por ejemplo, con la incorporación del programa Hidden Disabilities Sunflower en el Aeropuerto Internacional de Punta Cana, un paso esencial por la experiencia del viajero, lo convierte en el primer aeropuerto en la República Dominicana en adoptar este estándar internacional. En general, son señales que confirman que la competitividad turística también se mide por la inclusión, la empatía y el valor social.

De modo que lo que comenzó como una modesta pista de aterrizaje entre palmas canas, en este momento es uno de los aeropuertos más prestigiosos de América Latina y el Caribe. Configuro un ecosistema en Verón-Punta Cana y transformo su potencial en beneficio social. Sus logros a lo largo de este recorrido, tal vez estén relacionados con el azar como una estrategia de imagen; estos frutos son la respuesta de más de cuatro décadas de trabajo sostenido para que sea un catalizador del desarrollo regional.

Sin embargo, su mayor reconocimiento no son solo distinciones internacionales, sino haber demostrado que el turismo, cuando se gestiona con enfoque estratégico, puede convertirse en una de las herramientas más poderosas para el desarrollo económico, la inclusión y la transformación social.

Hoy, el Aeropuerto Internacional de Punta Cana es mucho más que una terminal aérea; representa un ejemplo de innovación y un símbolo de cómo la combinación entre visión empresarial, inversión y responsabilidad social ensancha los límites del desarrollo de las comunidades.

domingo, 14 de junio de 2026

El oro marrón del Caribe: problema u oportunidad

 

El oro marrón del Caribe: problema u oportunidad.

El sargazo ya no es una anomalía oceánica ni una molestia estacional. Se ha convertido en uno de los mayores desafíos ambientales, económicos y estratégicos que enfrenta el Caribe en el siglo XXI. Su impacto trasciende las estadísticas. Afecta a pescadores, comunidades costeras, empresas turísticas y miles de familias cuya economía depende del mar. Por ello, responder únicamente con jornadas de limpieza resulta insuficiente.

Durante 2026, la región será testigo de la presencia de una expansión sin precedentes del Gran Cinturón Atlántico de Sargazo: un ecosistema errante fuera de control de una gigantesca masa de macroalgas que se extiende por más de 8,000 kilómetros entre África, Sudamérica y el Caribe, impulsada por el calentamiento de los océanos, el exceso de nutrientes provenientes de actividades humanas y los efectos acumulados del cambio climático.

El Laboratorio de Oceanografía Óptica de la Universidad del Sur de Florida estima que este año será uno de los de mayor proliferación de sargazo registrados. Las proyecciones apuntan a más de 40 millones de toneladas flotando en el Atlántico, superando ampliamente los niveles observados en años anteriores. Lo que llega a las costas caribeñas no son únicamente algas flotantes; es la evidencia visible de un océano enfermo por décadas de desequilibrios ambientales.

Las consecuencias son profundas. El sargazo deteriora playas, afecta ecosistemas marinos, encarece las operaciones turísticas, amenaza la pesca y obliga a los gobiernos a destinar millones de dólares a labores de mitigación. Sin embargo, este fenómeno también plantea una paradoja: mientras representa una amenaza creciente para la competitividad regional, abre la puerta a nuevas oportunidades vinculadas a la economía azul, la innovación tecnológica y el aprovechamiento industrial de la biomasa.

En ese sentido, la verdadera pregunta ya no es cómo retirar el sargazo de las playas, sino cómo transformar este desafío en una ventaja estratégica capaz de generar empleo, inversión y desarrollo sostenible.

El grito silencioso del Atlántico

El crecimiento extraordinario del sargazo está asociado al aumento de la temperatura oceánica, las alteraciones climáticas y el exceso de nutrientes procedentes de fertilizantes agrícolas, descargas fluviales y otras actividades humanas. Este ecosistema errante recorre miles de kilómetros a través del Atlántico tropical y termina convirtiéndose en uno de los indicadores más visibles del deterioro ambiental global.

La paradoja es evidente. Muchos países caribeños sufren las consecuencias de esta anomalía ambiental cuyas causas se originan, en gran medida, fuera de sus fronteras. El sargazo es, por tanto, un riesgo transfronterizo que ningún gobierno puede resolver de manera aislada.

Cuando el sargazo golpea la principal industria del Caribe

La llegada masiva de sargazo afecta directamente la principal ventaja competitiva de la región: sus playas. La acumulación de algas deteriora el paisaje, genera malos olores, altera ecosistemas costeros e incrementa los costos de limpieza para gobiernos y empresas turísticas.

República Dominicana, México, Jamaica, Barbados y otros destinos enfrentan pérdidas económicas crecientes debido al deterioro ambiental de sus zonas costeras. Lo que comenzó como un fenómeno esporádico en el 2011 se ha transformado en un factor que condiciona la competitividad turística, la pesca y la planificación de inversiones.

Del residuo al recurso estratégico

Donde algunos ven una crisis, otros comienzan a identificar una oportunidad. El sargazo podría convertirse en una nueva materia prima para impulsar la economía verde y diversificar las economías costeras.

En República Dominicana, el BIO-S Lab de la Fundación Puntacana y el Proyecto CARIBS, coordinado por el INTEC, desarrollan investigaciones orientadas a transformar esta biomasa en productos de alto valor agregado. Paralelamente, iniciativas impulsadas por el BID Lab, la Unión Europea y la Agencia Francesa de Desarrollo promueven soluciones para convertir el sargazo en fertilizantes, biocombustibles, biomateriales, bioplásticos y materiales de construcción.

El cambio de paradigma es evidente: el sargazo comienza a dejar de ser un gasto para convertirse en un recurso económico. La combinación de investigación científica, innovación tecnológica y alianzas internacionales está sentando las bases de una nueva industria regional.

Más allá de la limpieza de playas

Como vemos, la repercusión del sargazo trasciende las estadísticas. Afecta a pescadores, comunidades costeras, empresas turísticas y a miles de familias cuya economía depende del mar. Por ello, responder únicamente con jornadas de limpieza resulta insuficiente.

Detrás de cada tonelada de algas que cubre una playa hay una historia concreta: el pescador que no puede salir al mar, el hotel que pierde reservaciones, la familia que construyó su vida frente a un horizonte que hoy huele a descomposición. El sargazo no es solo un problema ambiental; es una presión económica que golpea donde más duele, en la base de las comunidades que viven del Caribe.

Mientras la ciencia busca respuestas, el Atlántico tropical enfrenta una nueva realidad: cada año sin una estrategia integral implica más recursos destinados a mitigar sus consecuencias, en tanto que las causas profundas —calentamiento oceánico, contaminación por nutrientes y cambio climático— continúan avanzando sin una respuesta proporcional a su magnitud.

La buena noticia es que la región no está sola ni sin ideas. Las iniciativas en marcha —desde el BIO-S Lab en Punta Cana hasta las biorrefinerías en México, desde el Proyecto CARIBS hasta el respaldo de la Unión Europea y la cooperación francesa— demuestran que el camino de transformar el sargazo en recurso no es una utopía: es un proyecto en construcción que solo necesita voluntad política sostenida y cooperación regional decidida.

El Caribe tiene frente a sí una decisión histórica. Puede seguir reaccionando ante cada oleada de algas como si fuera la primera vez, destinando presupuestos a limpiar lo que volverá a llegar. O puede dar el salto que la situación exige: construir una industria, crear empleos verdes, generar conocimiento propio y convertir el llamado "oro marrón" en el recurso que redefina su economía para las próximas décadas.

Entonces, ya el océano tomó su decisión. Ahora a las naciones del Caribe les corresponde tomar la suya.

sábado, 6 de junio de 2026

Bauman en Punta Cana

Bauman en Punta Cana

Bauman nunca pisó Punta Cana, pero describió con precisión perturbadora su realidad. En el corazón del mayor destino turístico del Caribe, dos figuras de su sociología conviven sin tocarse: el turista líquido y el trabajador sólido. Uno elige marcharse cuando quiere. El otro solo puede quedarse.

El turismo contemporáneo es uno de los escenarios más nítidos donde la modernidad líquida se hace visible: un sistema que produce experiencias sin raíces, vínculos sin compromiso, identidades intercambiables y desarrollo sin integración social.

Zygmunt Bauman, como pensador sociológico polaco-británico, describe una sociedad caracterizada por la inestabilidad, el cambio constante y la fragilidad de los vínculos sociales, laborales y afectivos. Según su análisis, las estructuras firmes del pasado han sido sustituidas por relaciones más flexibles, temporales e inciertas. Esto es esencial para entender las transformaciones sociales, económicas y culturales del siglo XXI. Ahora bien, ¿vivimos en un mundo donde todo fluye, se transforma y se disuelve?

Bauman no escribió sobre Punta Cana, pero sus consideraciones nos describen.

El turista elige quedarse; el trabajador no puede irse.

Es vieja la comprensión de la sociedad centrada en el sujeto, en la experiencia humana concreta. En este marco, el sujeto que actúa como turista es una de las figuras representativas de la sociedad contemporánea; se queda o se va cuando quiere. No se mueven por necesidad de vagabundo, ni hacia meta de peregrino.

Como turista, se mueve por elección. Su comportamiento simboliza movilidad, libertad de elección y desapego del territorio, las instituciones e incluso de las identidades. Consume lugares, experiencias y culturas con la misma lógica con que consume productos: los prueba, los descarta y viaja por el siguiente. Su desplazamiento es un privilegio. Llega, consume y se va sin consecuencias. El destino existe para servirle.

En cambio, en el caso del vagabundo que se mueve, pero no tiene alimento y refugio, no elige, padece. El migrante, el desplazado, el trabajador que sigue al capital sin poder detenerse. Su movilidad es condena.

En un resort caribeño, estas figuras conviven sobre el mismo territorio sin tocarse realmente: el turista del norte global baraja opciones a qué playa visitar para la próxima temporada, mientras que el trabajador del sur global no tuvo más opción que atenderlo. Esa asimetría no es accidental: es la arquitectura social del modelo turístico de enclave.

Territorios líquidos para turistas líquidos

Para Bauman, el consumismo convierte todo en mercancía desechable: objetos, relaciones, experiencias e identidades. El turismo masivo aplica esa lógica al territorio con una eficiencia extraordinaria.

Un destino turístico estandarizado —sol, playa, todo incluido, animación nocturna— es exactamente lo que Bauman describiría como un producto de consumo fugaz: diseñado para satisfacer instantáneamente, construido para ser reemplazado por el próximo destino cuando el placer se agota y optimizado para no exigir compromiso ni profundidad al consumidor.

La identidad cultural del destino se convierte en valor de cambio. La gastronomía local se ajusta al paladar internacional. El espectáculo tradicional se cronometra como un show nocturno. La historia del territorio se reduce a la anécdota del guía turístico. Todo se licúa para fluir con mayor facilidad hacia el consumo del visitante.

Cuando las ganancias viajan y los costos se quedan

Bauman argumenta que en la modernidad líquida el capital es global y las consecuencias son locales. Esa fórmula describe con exactitud el modelo de desarrollo turístico en el Caribe.

El capital decide dónde invertir, desde dónde operar y cuándo retirarse sin consultar al territorio. Las ganancias fluyen hacia los accionistas de las corporaciones hoteleras en España, EE. UU. o Canadá. Los costos —degradación ambiental, presión sobre servicios públicos, encarecimiento del suelo, precariedad laboral— se solidifican en el territorio local y los absorbe la comunidad que no tomó ninguna de esas decisiones, sino que se movió por el salario.

Es el modelo líquido en su expresión más pura: el capital fluye libremente mientras los costos se depositan como sedimento en el territorio más vulnerable.  En ese sentido, el papel del turismo en una sociedad marcada por la movilidad, el consumo y la búsqueda permanente de nuevas experiencias.

¿Quiénes quedan fuera del milagro turístico de Punta Cana?

En “Vidas desperdiciadas: La modernidad y sus parias: Bauman nos enrostra cómo el progreso moderno produce inevitablemente residuos humanos: personas y comunidades que el sistema necesita, pero no integra; que el modelo usa, pero no reconoce; que el desarrollo desplaza sin compensar. Momento cuando el sistema genera más personas de las que puede absorber: son sobrantes o residuos humanos como “vidas desperdiciadas".

La forma como está estructurado el turismo opera con precisión: la comunidad local es necesaria como fuerza de trabajo, pero prescindible como sujeto cultural. Su identidad, su memoria y su relato no tienen valor de mercado en el modelo turístico convencional y, por tanto, no entran en la ecuación del desarrollo. Se convierten en residuos simbólicos: lo que el modelo produce sin querer y desecha sin pensarlo.

Verón, Bávaro Oeste, El Salado y La Ceiba son exactamente ese residuo en el mapa de Verón-Punta Cana, La Altagracia. Son territorios que el modelo necesita para funcionar, pero que no tienen que aparecer en la campaña de promoción ni en los estands de ferias turísticas internacionales. Ni mucho menos, en ningún indicador de éxito y en pocas decisiones de inversión pública.

Verón-Punta Cana: ¿una comunidad líquida?

En los argumentos de Bauman sobre la modernidad líquida, la comunidad se vuelve frágil, provisional y difícil de sostener porque las condiciones que la producen —trabajo estable, territorio compartido, identidad común, instituciones fuertes— se han disuelto.

En un enclave turístico de rápido crecimiento como Verón-Punta Cana, esa fragilidad se multiplica. La población crece aceleradamente, pero proviene de múltiples orígenes. La dinámica del trabajo: bajos salarios, condiciones laborales precarias, alta rotación de personal y horarios variables o inestables. La identidad territorial es débil porque el territorio mismo responde al interés del visitante y no al del habitante. Por igual, las instituciones como el gobierno local llegan tarde porque el crecimiento superó la velocidad de su gobernanza.

El resultado es una comunidad líquida en el sentido más baumaniano: numerosa pero poco cohesionada, presente, pero sin anclaje identitario fuerte, trabajadora, pero sin pertenencia consolidada; resulta inquietante.

Los turistas pueden irse; la comunidad debe permanecer.

La mirada de Bauman no ofrece una condena, sino una advertencia. Allí donde todo fluye sin límites —capitales, personas, inversiones y oportunidades— surge una pregunta fundamental: ¿qué permanece? Si la riqueza circula, pero no se arraiga; si las comunidades crecen, pero no se cohesionan; si el desarrollo avanza, pero no construye pertenencia, el progreso corre el riesgo de convertirse en una estructura sin raíces.

Entonces, nuestro gran desafío no es atraer más visitantes, sino transformar este crecimiento en bienestar duradero. Significa anclar valor en el territorio, fortalecer instituciones, construir una identidad cultural y viabilizar una relación entre la industria turística y la comunidad que vaya más allá de un contrato de trabajo.

Porque ningún destino puede sostenerse indefinidamente sobre salarios bajos, horarios inestables y alta rotación laboral, basar la estabilidad del negocio sobre la inestabilidad de quienes lo hacen posible.

Así como para Bauman, el turista representa al habitante ideal de la modernidad líquida: móvil, libre, consumidor de experiencias y poco atado a lugares o compromisos permanentes. Pero los territorios no pueden vivir como turistas. Necesitan memoria, vínculos, instituciones y sentido de pertenencia.

La verdadera sostenibilidad no consiste solo en que el turista regrese, sino en que la comunidad quiera quedarse. Ese es el momento en que el desarrollo deja de ser una estadística y se convierte en un proyecto colectivo. Bauman nunca escribió sobre Punta Cana, pero su obra nos ayuda a entender una pregunta decisiva para su futuro: cómo evitar que un territorio globalmente exitoso termine siendo localmente frágil.

domingo, 31 de mayo de 2026

Poder geopolítico del capital humano cubano.

Poder geopolítico del capital humano cubano.

La geografía ayuda a comprender las posibilidades y limitaciones de un territorio y, a partir de los recursos que posee, se puede determinar cuál podría ser su devenir. De igual manera, el comportamiento de sus mercados sobre los bienes comercializados puede señalar su rumbo. El Caribe dominicano comparte atractivos comunes con los demás países del Caribe. Las ventajas comparativas se encuentran en todos los diseños de las estrategias basadas en el escenario actual regional, pero eso no es para siempre.

El estado de situación de Cuba es coyuntural; existe la posibilidad de que pueda variar, lo que significa que esta variable necesariamente tiene que estar incluida en cualquier análisis del turismo regional: no por lo que es ahora, sino por lo que puede convertirse en el futuro inmediato. El hecho de que no esté entre los destinos de turismo de salud y bienestar no quiere decir que no lo sea mañana.

Dado que el turismo de salud y bienestar es uno de los segmentos de mayor crecimiento mundial y que la demanda internacional de servicios médicos continuará expandiéndose. En ese sentido, Cuba cuenta con una variable estratégica que le sitúa por encima de la República Dominicana: su capital humano.

Al comparar sus potencialidades en el ámbito de la salud, si explota su capacidad de integrar su capital humano especializado, la innovación médica e infraestructura turística con conectividad internacional, en poco tiempo podrá convertirse en un destino competitivo en la región.

Una anomalía geopolítica en el Caribe

Independientemente de que tenga acceso limitado a recursos naturales, más de seis décadas de bloqueo económico y restricción financiera internacional, en cambio, el futuro previsible de la República de Cuba está sustentado por haber desarrollado un activo estratégico valioso, su inversión en lo que ningún embargo puede aislar: el capital humano.

La isla posee una tasa de alfabetización de 99.67 %, según la UNESCO, un sistema educativo universal y gratuito desde la educación básica hasta el posgrado, y una de las mayores proporciones de médicos por habitante del mundo. Más que indicadores sociales, estos factores manifiestan una acumulación de poder geopolítico invaluable: conocimiento, formación profesional y capacidad científica, bienes diferenciadores que no se corresponden con una nación en esas condiciones política, social y económica.

La ventaja que sobrevive a las crisis

Mientras la gran parte del Caribe depende del turismo y de servicios de bajo valor agregado, el Caribe cubano por décadas ha construido unas capacidades que pocos países de la región poseen. Su infraestructura científica, la formación de profesionales de la salud y su industria biotecnológica constituyen capitales estratégicos que trascienden cualquier coyuntura política.

Por ejemplo, sus medicamentos especializados ya tienen presencia en mercados internacionales, así como la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM) es una institución de formación de acreditación internacional que ha graduado a miles de profesionales de múltiples países, bien valorada por su medicina comunitaria, preventiva y la solidez de la formación humana. Esa capacidad productiva no desaparece con una transición política y económica; permanece anclada en instituciones, conocimiento acumulado y en su fuerza laboral. Una ventaja competitiva en el Caribe.

Cuando cambie el mapa regional del turismo de salud

Cuando la competencia cambie de naturaleza. La pregunta para República Dominicana y el resto del Caribe no es si Cuba superará su crisis actual, sino cómo impactará la región cuando llegue a ese nicho. Un mercado de 11 millones de habitantes, combinado con capacidades en biotecnología y servicios médicos, podría pasar a ser un nuevo polo para entrar en el flujo del capital internacional.

Este momento, RD atrae a más de 300,000 pacientes internacionales al año, movidos por la relación calidad-precio. Hoy los especialistas en salud y bienestar atienden a miles de pacientes que genera, mueve millones de pesos cada año, una motivación que está incidiendo en el sector privado para su expansión en infraestructura médica más allá de ciudades como Santo Domingo, Santiago y Verón Punta Cana.

Estos turistas, que de acuerdo con su perfil como paciente y rentabilidad optan por los centros médicos de RD antes que por los del Caribe cubano lo hacen por la actual circunstancia. Una Cuba con mayor inversión extranjera, conectividad aérea normalizada con Estados Unidos y acceso pleno al mercado turístico norteamericano por sus ventajas comparativas competiría directamente por visitantes, inversiones hoteleras y proyectos vinculados al turismo de salud y bienestar, mantenerse y afianzarse en el mercado.

El turismo médico como campo de batalla

La competencia será especialmente visible en el segmento médico del flujo turístico internacional. Su crecimiento sostenido por el natural envejecimiento poblacional, los altos costos de salud en países desarrollados y la búsqueda de tratamientos más accesibles lo hacen estratégicamente rentable.

Sin importar el desenlace de Cuba, en la próxima década, el turismo global de salud y bienes supone que dejará de ser una simple subactividad del turismo para transformarse en una fuente de presión competitiva en la región; se espera que su crecimiento anual compuesto (CAGR) supere el 8%. Esas estimaciones inciden en que cualquier nación del Caribe aspire a tener acceso a ese mercado.  

El Caribe dominicano goza de las ventajas de conectividad, de una infraestructura turística y de un posicionamiento internacional competitivo; sin embargo, en poco tiempo, con la inversión adecuada, Cuba puede integrar una red de hospitales, hoteles, transporte, seguros y servicios complementarios que, con una estrategia de comercialización adecuada operada por sus impulsores, podría convertirse en una fuente de presión competitiva para varios países del Caribe.

De modo que los esfuerzos estarán dirigidos a recibir más turismo e inversión directa extranjera. No se puede ignorar que Cuba ya cuenta con un activo difícil de replicar en el corto plazo, un servicio público orientado a la salud; eso significa que fácilmente los podrá certificar y estandarizar para generar más confianza entre los pacientes y los sistemas médicos globales.

Si en este momento el turismo de salud y bienestar genera a República Dominicana más de US$1,300 millones al año, conforme a estimaciones de la Asociación Dominicana de Turismo de Salud (ADTS), el desafío no consiste en beneficiarse de las dificultades cubanas. La verdadera tarea del sector privado es continuar fortaleciendo sus recursos humanos, como aumentando la capacidad en la formación especializada, aunada con la innovación y actividades económicas de mayor valor agregado.

El capital humano es poder geopolítico. Cuba lo ha demostrado durante décadas. La pregunta es si el resto del Caribe está construyendo el suyo antes de que la próxima etapa de competencia regional redefina los flujos de inversión, turismo e influencia económica.

lunes, 25 de mayo de 2026

Costo laboral del turismo dominicano: un contrato con letras pequeñas

Costo laboral del turismo dominicano: un contrato con letras pequeñas

La inversión turística llega a República Dominicana atraída por una fórmula conocida: playas, clima tropical y mano de obra barata. Esa combinación funciona como ventaja competitiva, pero también como un contrato con letras pequeñas. Como país compite con bajos salarios, pero tras los años hemos terminado atrapados en la necesidad de mantenerlos bajos para seguir siendo atractivo frente a otros destinos del Caribe.

Ahí aparece la primera trampa. El modelo de turismo “todo incluido” de bajo costo sostiene una considerable parte del Caribe dominicano, pero limita la posibilidad de subir salarios sin perder competitividad. Si encarecemos la mano de obra, otros destinos con el mismo sol y playa podrían captar la inversión y turistas.

Un laberinto diseñado para no salir

El problema es que los salarios bajos también frenan el desarrollo. Sin mejores ingresos no hay suficiente demanda interna, formación técnica ni productividad para evolucionar hacia un turismo de mayor valor agregado. El país está encerrado en un laberinto económico: necesita salarios bajos para competir, pero esos mismos salarios impiden salir de este parámetro de bajo costo.

Como arenas movedizas sociales: mientras más intenta sostener el modelo de bajo costo, más difícil resulta salir de él. Llegan millones de turistas y crecen los resorts, pero gran parte de la riqueza no se transforma en bienestar territorial; por el contrario, en desigualdades.

Una carrera donde el trabajador pierde

República Dominicana no compite sola. En el Caribe existe una carrera regional donde cada destino intenta ofrecer mejores condiciones al capital: incentivos, regulaciones flexibles y mano de obra barata. En esa competencia el trabajador rara vez gana.

Las reglas están escritas a favor del inversionista. Exenciones fiscales, débil negociación laboral y escasa representación de las comunidades. Con pocos márgenes para negociar, como países receptivos aceptamos las condiciones, pero ya el precio de su desarrollo manifiesta otros costos visibles, que no aparecen en los libros contables, aquellos que terminan pagándose en salarios bajos, desequilibrio y presión social.

No es una falla accidental: es una arquitectura económica diseñada para atraer capital global sin cuestionamiento. Ahora bien, el Caribe dominicano tiene un peso específico en el mercado gracias a una combinación de ventajas geográficas, políticas, económicas, logísticas y estratégicas que lo convierten en una plataforma regional del ocio, los negocios y la conectividad internacional. Es un sujeto con condiciones para renegociar, poner sobre la mesa y poder transparentar sus costos reales en la explotación y comercialización de su producto turístico.

El empleo que no crea desarrollo

El turismo genera empleo, pero muchas veces no construye trayectorias reales de movilidad social. Veámoslo de esta forma: una camarista que pasa veinte años limpiando habitaciones puede sostener la operación hotelera sin acumular capacidades transferibles a sectores de mayor productividad.

Es ahí, entonces, donde surge otra trampa silenciosa: el empleo existe, pero el desarrollo humano no avanza al mismo ritmo. Este paradigma utiliza mano de obra intensiva, aunque con limitada formación técnica y baja acumulación de capital humano.

El costo de vivir donde llega el turismo

El turismo también encarece el territorio. En zonas como Verón-Bávaro-Punta Cana suben el alquiler, los alimentos y los servicios como transporte, salud y educación, impulsados por la propia expansión turística. El camarero que sirve en el restaurante no puede vivir cerca del hotel porque el costo de su vida crece más rápido que su salario. Su ingreso tiene que distribuirlo entre vivienda, alimentos y transporte. Eso quiere decir que apenas respira, sin poder institucional, sin organización suficiente y sin un Estado que no ha podido decidir todavía de qué lado está.

Necesariamente, como país, tenemos que tratar de crear las condiciones para escapar de este modelo turístico de bajo costo y avanzar hacia niveles más altos de productividad y valor agregado. Pero, al mismo tiempo, la propia estructura del sistema está diseñada para garantizar su competitividad inmediata y estabilidad económica, lo que de alguna manera nos tiene atrapados en una dinámica difícil de transformar.

Por ejemplo, en Verón-Bávaro-Punta Cana, donde alquilar una habitación cuesta entre RD$8,000 y RD$15,000 mensuales y la canasta básica supera los RD$48,100, un salario mínimo sectorial de entre RD$18,409 y RD$21,840 no representa un piso de bienestar, sino una estructura salarial insuficiente frente al costo real de vida. Incluso el quintil más bajo, estimado en RD$ 29,350.98 mensuales, queda por encima de una gran parte de los ingresos laborales del sector turístico en este distrito municipal.

Como una deuda invisible: no figura en los balances financieros, pero se acumula en el territorio y en la vida del trabajador. Mientras las ganancias viajan felices y contentas hacia las cadenas hoteleras, los operadores y los accionistas internacionales, los costos sociales se territorializan como cansancios y fatigas.

Un contrato que nadie leyó

Tenemos que conciliar que la actividad turística dominicana ha evolucionado hasta convertirse hoy en uno de los destinos turísticos más rentables por kilómetro de playa, pero también en uno de los más dependientes del modelo de “todo incluido” masivo.

Como país estamos en una encrucijada que tenemos que enfrentar a mediano y a largo plazo: mantener intacta una estructura basada en bajos salarios o redistribuir parte de la riqueza turística hacia los trabajadores y las comunidades. Depende de la voluntad política, pues eso implica reformar políticas públicas, fortalecer instituciones y construir un diálogo más equilibrado entre inversión, desarrollo territorial y bienestar social.

De igual forma, nuestra economía exhibe un crecimiento macroeconómico notable, pero esconde sus costos humanos fuera del estado financiero. Nuestro turismo no solo opera como motor económico; también funciona como un contrato con letras pequeñas: el capital conoce con precisión sus beneficios, mientras el trabajador descubre los costos cuando ya forma parte del sistema y el territorio termina absorbiendo las pérdidas del negocio.

domingo, 17 de mayo de 2026

Punta Cana se transforma: de turismo de playa a cultura viva

Punta Cana se transforma: de turismo de playa a cultura viva

A mi modo de ver, Verón–Punta Cana atraviesa por una transición silenciosa, pero profundamente estructural: dejar de ser únicamente una plataforma de hospedaje para convertirse en un territorio capaz de producir identidad, memoria y significado. El debate ya no gira solo en torno a cuántos turistas llegan cada año, sino sobre qué narrativa construye el territorio mientras crece. Un destino sin relato propio corre el riesgo de convertirse apenas en un inmenso hotel con aeropuerto.

Todo modelo de desarrollo produce simultáneamente dos dimensiones: una realidad material —infraestructura, empleo e ingresos— y una realidad simbólica —identidad, valores y sentido de pertenencia—. Durante décadas, el crecimiento turístico de La Altagracia privilegió la primera. Ahora emerge la necesidad de administrar la segunda con igual seriedad estratégica.

Más que una respuesta empresarial orientada a diversificar la oferta turística, la incorporación de eventos culturales y espacios creativos representa un intento de agregar valor simbólico al territorio, dotar de sentido al crecimiento y legitimar una nueva etapa del modelo turístico. Tratar de que la cultura comience a funcionar no solo como entretenimiento, sino como herramienta de cohesión social, proyección internacional y construcción de identidad colectiva.

En esa dirección, a través de la visibilización de la oferta cultural, se fortalece la producción de relatos, valores e identidades que representan a este territorio en transformación. La apuesta por promover la cultura dominicana mediante festivales, carnavales, música y un centro cultural evidencia cómo Punta Cana empieza a consolidarse no solo como destino de sol y playa, sino también como referente cultural y creativo del Caribe.

La mina que agota lo que no repone

Durante años, el desarrollo turístico ha operado bajo una lógica extractiva: sol, playa y consumo empaquetado. En un modelo que genera riqueza, empleo e infraestructura, pero también se dirige a configurarse como un ecosistema donde el valor simbólico puede quedar rezagado y la comunidad permanece fuera de la narrativa principal. El territorio es exitoso porque produce ingresos, empleos y riqueza, aunque no necesariamente pertenencia.

El empleo por sí solo ya no basta para sostener legitimidad social. Ahora, como destino turístico, necesita construir sentido, identidad y conexión emocional tanto para quienes nos visitan como para quienes habitamos el territorio.

El giro: de vitrina turística a sistema cultural vivo

Frente a ese diagnóstico, comienza a perfilarse un nuevo paradigma. Punta Cana ya no solo proyecta hoteles, playas y excursiones; empieza también a construir narrativa cultural y producción simbólica.

La 17.ª edición del Carnaval de Punta Cana, la cuarta edición del The Village Jazz Fest y el anuncio de la apertura del Centro Cultural Rainieri son señales visibles de esa transición. Desde ya no nos perciben únicamente como eventos aislados dentro de una agenda recreativa, sino que se marca con indicadores que evidencian una evolución hacia una nueva etapa del territorio.

La aspiración declarada va más allá de atraer visitantes; más bien pretende afianzar la identidad dominicana, conectar la comunidad con el turismo y, de ese modo, reducir la brecha cultural en este distrito municipal que supera los 138 mil habitantes.

Cuando el evento deja de ser agenda y comienza a ser sistema

Durante años, muchas expresiones culturales vinculadas al turismo han estado laborando como espectáculos efímeros: entretenimiento de hotel, shows nocturnos o atracciones diseñadas para el consumo rápido del visitante. Experiencias visuales que iluminan una noche y desaparecen al amanecer con el desayuno.

La diferencia entre un destino con eventos y un territorio con cultura radica precisamente en la permanencia. Este momento no se trata únicamente de cantidad de actividades o instalaciones, sino de la capacidad de articularlas con la comunidad, los espacios y con los rasgos de nuestra identidad, de exhibirla como un sistema vivo que continúe existiendo cuando el escenario queda vacío y la música y las luces se apagan.

Verón–Punta Cana parece avanzar hacia ese segundo modelo. Museos temáticos, ferias artesanales, exposiciones permanentes y, con este centro cultural, todo apunta a esa dirección. Sin embargo, una señal todavía no constituye un sistema consolidado. El desafío pendiente consiste en conectar esas iniciativas en una estructura cultural capaz de latir los 365 días del año.

La cultura como motor económico, no como decorado

Ante la premisa de que la economía creativa introduce una lógica distinta al modelo turístico tradicional. Y que el visitante ya no solo consume únicamente habitaciones y playas, sino que también demanda gastronomía, música, diseño, memoria y experiencias culturales auténticas.

En este instante surge uno de nuestros mayores desafíos: evitar que la cultura termine mecanizada o estandarizada como un producto turístico prefabricado, como los shows que realizan en los hoteles y en las explicaciones de los guías turísticos. De igual forma, vemos cómo la autenticidad de una presentación de merengue y bachata se reduce a espectáculo rápido, visual o excesivamente comercial; en ese sentido, estas expresiones culturales gradualmente van perdiendo su capacidad de sorpresa, conexión emocional y valor simbólico.

Entonces, ante ese panorama, la clave consiste en convertir esas manifestaciones en infraestructura económica sin vaciarla de significado. Si en este camino logramos equilibrar el territorio, diversificaremos los ingresos, complementaremos el turismo convencional y generaremos empleos cualificados. Vincular las industrias creativas y culturales a la oferta turística sin perder sentido. El valor ya no solo saldría del territorio: también permanecería en él

Dos ciudades sobre un mismo mapa

En paralelo, en Verón–Punta Cana cohabita una tensión profunda que ningún festival puede resolver por sí solo. El territorio funciona simultáneamente como paraíso turístico internacional y como periferia comunitaria desigual.

Dos ciudades conviven sobre el mismo mapa: la postal global que consume el visitante y la cotidianidad invisible de quienes sostienen el sistema turístico. Mientras esa brecha permanezca fuera del relato oficial, la cultura corre el riesgo de convertirse más en una vitrina que en un verdadero mecanismo de integración territorial.

Quien administra el significado, administra el territorio.

En esta disputa importante ya no solo se limita al control del suelo o de la inversión. También se libra en el terreno simbólico. Los actores dominantes compiten por gobernar el significado del territorio: deciden qué se muestra, qué se promueve y qué permanece invisible. El gagá versus el merengue.

Como sabemos, si un espacio turístico como el nuestro, que no construya su propia narrativa, termina siendo definido por intereses externos como por los mercados emisivos, acaba convertido en un producto optimizado para el consumo turístico.

La diferencia entre destino exitoso y territorio sostenible

El verdadero desarrollo de Verón–Punta Cana ya no se estaría midiendo únicamente por la cantidad de hoteles construidos o turistas recibidos, sino por la capacidad de generar cohesión social, identidad compartida y valor cultural sostenible.

De igual forma, la cultura no reemplaza al turismo; lo complementa, lo profundiza, lo humaniza y le otorga permanencia. Si este territorio logra conectar sus infraestructuras con la comunidad y los elementos que lo distinguen dentro de la misma oferta, necesariamente dejará de ser únicamente una marca global de playa para convertirse en un territorio con significado propio, memoria colectiva y futuro estratégico.

Ahí estará la verdadera transformación: pasar de un destino turístico exitoso a una cultura viva capaz de reinventarse, mezclarse, contradecirse y permanecer.

sábado, 16 de mayo de 2026

El ruido inmobiliario que Punta Cana no puede permitirse

 

El ruido inmobiliario que Punta Cana no puede permitirse

Un termómetro que marca fiebre no es el problema. Es la señal de que algo más profundo ocurre en el organismo. El mercado inmobiliario de Verón-Bávaro-Punta Cana funciona hoy como ese termómetro: lo que exhibe no es la causa del malestar, sino su expresión más visible que produce más ruido.

Las demandas judiciales y los condenados existen. Los testimonios de afectados son reales. Son más los proyectos y agentes inmobiliarios honestos que los informales.   Los desarrolladores, promotores y vendedores que comercializan proyectos tipificados de mala práctica están señalados. Todos ellos pasaron por su etapa de aprobación, supervisión y regulación por los diferentes organismos establecidos por las leyes dominicanas. Eso no se discute, pero no se puede considerar como de crisis y de desorden. Hay que prestar atención a la forma en la que se maneja el diagnóstico, a cómo en torno a estas apreciaciones se construye una narrativa inapropiada, a las consecuencias que se asocian a su mala exposición.

El problema estructural tiene nombre

El auge turístico generó una expansión inmobiliaria acelerada en un territorio que carecía de planificación regulatoria proporcional a su velocidad de crecimiento; lo tomó por sorpresa y ahora ya es más que un dolor de cabeza. Ese vacío es el origen de lo que se indica como de preocupación.

Ahora es también como se plantea la profesionalización. No todos son iguales. No es que todo el sector ande mal por la maldad de algunos actores, sino por la ausencia de un marco territorial que ordenara, anticipara y sancionara a tiempo. Una comunidad que crece más rápido que sus instituciones produce exactamente esto: espacios donde la informalidad y la mala práctica prosperan sin resistencia eficaz; ahora el desafío es aplicar un tratamiento para paliar estas manifestaciones conocidas.

Reconocer ese origen estructural es indispensable porque define la solución. Si muestra como problema el vacío regulatorio, la respuesta es institucionalidad, no indignación ni llorar lo que ayer debimos anticipar.

El Senado dominicano acaba de aprobar en segunda lectura un proyecto de ley que, de ser promulgado como ley, regularía la intermediación inmobiliaria, profesionaliza el sector, crea un registro obligatorio de agentes y establece sanciones al fraude. Esa es la dirección correcta. No es suficiente por sí sola, pero apunta al tejido, no al síntoma.

Lo que el ruido puede costar

La superficialidad a la hora de tratarlo es grito de amargado. Un arquitecto que detecta una grieta en un edificio tiene dos opciones: documentarla, analizarla y proponer refuerzo estructural, o declarar públicamente que el edificio está a punto de colapsar. La primera opción protege a los ocupantes. La segunda los desaloja innecesariamente y destruye el valor del inmueble antes de que haya razón para ello.

Presentar casos puntuales de mala práctica como los que prevalecen no es evidencia de colapso sistémico del mercado inmobiliario de Verón-Bávaro-Punta Cana; más bien produce ese segundo efecto. Un futuro inversor no distingue entre una crisis construida narrativamente y una crisis real. Para él, el ruido es el mensaje. Y ese mensaje viaja más rápido que cualquier campaña de promoción turística.

Lo que el análisis exige

La realidad como destino turístico y de invención abre un espacio para hacer la pregunta correcta: no quién es el culpable moral, sino dónde falló el sistema de control y cómo se puede cerrar esa brecha de esos proyectos localizados. República Dominicana tiene instituciones con capacidad sancionadora, organismos de protección al consumidor y tribunales que ya han producido condenas definitivas. El sistema responde. Lo que falta es aplicación sostenida de los controles existentes; exhibiendo los escándalos no se resuelve ni enfrentarlos con exposición mediática.

El mercado inmobiliario de esta ciudad-región en formación es una fuerza generadora de riqueza, empleo e inversión. Abordarlo con bisturí —preciso, quirúrgico, sin dramatización innecesaria— es la única forma de corregir lo que falla sin destruir lo que funciona. Más institución, menos tribuna. Más norma aplicada, menos presión moral sin reparación concreta.

El termómetro marcó fiebre. Ahora toca tratar al paciente, no romper el termómetro y, de ser necesario, quemar la sábana.