El viaje de Mercedes
Había una vez una joven llamada Mercedes, que vivía en el soleado sur de la isla, en un lugar llamado Tamayo. Su nombre era un homenaje a Nuestra Señora de las Mercedes, cuya festividad se celebraba el 24 de septiembre. Mercedes provenía de una familia con fuertes creencias religiosas, gracias a su madre, María, una piadosa católica, y su padre, Antonio, un humilde agricultor de la provincia de Bahoruco.
Mercedes cursó sus estudios en la Escuela Primaria Juan Francisco Tamayo y posteriormente en la Secundaria Prof. Juan Bosch. Durante los fines de semana, encontraba consuelo y sentido en impartir catequesis a los niños y jóvenes de la parroquia San Antonio de Padua en su localidad. Mercedes tenía un encanto y carisma innatos, siempre ofreciendo un amable trato y evitando los conflictos, buscando el equilibrio en cada situación.
A pesar de su entorno desértico y la escasez de lluvias en su región, Mercedes irradiaba una luz propia. Su educación en un hogar cristiano y su convicción en los principios de justicia y ética la hicieron destacar en su comunidad. Además, apreciaba el arte y la belleza, y en la escuela sobresalía por su buen gusto.
Con el tiempo, escuchó atentamente los relatos de sus dos amigas sobre cómo era la vida en Bávaro, en el este del país. Le hablaban de las oportunidades laborales y la entusiasmaba, pero también la llenaban de angustia al pensar en vivir y morir en un lugar con tan pocas perspectivas.
En su último año de secundaria, Mercedes fue consumida por una crisis existencial. La ansiedad y la angustia la afectaron profundamente, al igual que las reflexiones sobre el propósito y el significado de la vida. Estos pensamientos le impedían dormir y concentrarse en sus estudios. En medio de esta tormenta emocional, se graduó de bachiller; aunque tenía un novio que había conocido en una fiesta, esta relación no era seria y no se atrevía a presentarlo a sus padres.
La indecisión la atormentaba, pero finalmente, a los 19 años, convenció a sus padres de mudarse a Verón-Punta Cana para buscar nuevas oportunidades de trabajo. Este cambio representaba su primera experiencia fuera de su provincia natal. Esperanzada, se desplazó en un viaje hacia el este del país con su amiga Ruth Ester.
Mercedes realizó un curso de camarera en Higüey y vivió inicialmente con Ruth Ester en un apartamento en el sector de Don Polo, donde se enfrentó a una profunda tristeza a pesar de su aparente alegría. Los días pasaban, y las llamadas telefónicas con su familia se convirtieron en su única conexión familiar.
El trabajo en horarios rotativos en un distrito municipal que no se sentía como su hogar comenzó a generarle estrés. En estos tres años, cambió de empleo varias veces, y sus relaciones personales también fluctuaron. Mercedes pasó mucho tiempo alejada de su familia, con la triste noticia de que sus padres habían fallecido unos años antes.
La vida en su barrio no le ofrecía ni seguridad ni oportunidades para la diversión de sus hijos. Convive con vecinos migrantes, ilegales y dominicanos que vivían para trabajar y no compartían su dinámica de comunidad.
A lo largo de los años, Mercedes se convirtió en madre de cuatro hijos y comenzó a sentirse abrumada por la tristeza y la desolación. La depresión se arraigó en su vida, y su bienestar físico y emocional se deterioró.
Sus compañeras de trabajo y su amiga le recomendaron buscar ayuda, pero la indecisión de Mercedes se lo impedía. Para sobrellevar su angustia, el alcohol se convirtió en su compañero, aunque después de cada embriaguez, los pensamientos de inutilidad y culpa la atormentaban.
A pesar de las luchas internas y los episodios de depresión, trabajaba incansablemente para mantener a sus cuatro hijos. El barrio en el que vivía no ofrecía oportunidades para la recreación y estaba lejos de ser un lugar seguro. Los vecinos, en su mayoría migrantes ilegales, trabajaban en la construcción, mientras que los dominicanos locales vivían aislados, centrados únicamente en el trabajo. En cambio, Mercedes, al enfrentar sus 40 años atormentada, con sus hijos distanciados, sola, no recupera la esperanza que alguna vez la motivaba; su mente solo tiene espacio para el tormento y el lamento.
Es así como la vida de Mercedes se balancea entre la tristeza y la soledad; entonces llegó a un punto crítico. La depresión se apoderó de ella, y las noches se llenaron de insomnio. Finalmente, un día, abrumada por la inutilidad y la culpa, decidió poner fin a su sufrimiento, quitándose la vida.
antonio corcino
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