sábado, 8 de marzo de 2025

 ¡¡¡Oh cuervo, oh venerable ave anacrónica!!!

El cuervo jamás

Michel vivía inmerso en la oscura melodía del poema "El cuervo" de Edgar Allan Poe. Cada palabra resonaba en su mente, especialmente desde la pérdida de su padre Belarminio. Fue entonces cuando un cuervo, como salido del poema, llegó a su vida.

El cuervo, al que bautizó como el Cuervo Jamás, se posaba cada mañana en la ventana de Michel. Su graznido, más burlón que lúgubre, parecía llevar consigo el eco de las palabras "Nunca más". Alimentándose de restos de cereales, el cuervo jamás se volvió una presencia constante en la vida de Michel, un recordatorio diario de su duelo.

El ave, imponente, con sus 52 cm de longitud y más de 1 kg de peso, se convertía en un enigma para Michel. ¿Acaso albergaba el espíritu de su padre? La atmósfera oscura y melancólica que envolvía al cuervo solo intensifica el misterio.

La conexión del Cuervo Jamás con las tradiciones de la familia de Michel venía desde la lejana Mancor de la Vall, España. En honor a San Juan Bautista, patrón de la localidad, su padre liberaba un cuervo cada año desde lo alto del campanario cada 24 de junio, una costumbre ancestral para simbolizar su vinculación con el más allá.

Este cuervo, a diferencia de los de regiones más cálidas, poseía un pico fuerte y negro, proporcionalmente más grande. Su graznido, un crascitar profundo y cavernoso, resonaba en la mañana y la tarde, a veces generando preocupación en Michel. El cuervo, con su reputación de mal agüero, añadía un toque de inquietud a su presencia diaria.

A pesar de la superstición que rodea a los cuervos, Michel veía en el Cuervo Jamás un mensajero entre el mundo de los vivos y de los muertos. Un signo de sabiduría y conocimiento que le recordaba a su padre. Aunque a veces se preguntaba si debía aceptar o ignorar la conexión entre el cuervo y su progenitor.

El Cuervo Jamás no era solo un espectador silencioso, juguetón y astuto, desafiaba las normas y jugaba trucos en la casa de Michel. Desde tocar el cristal de las ventanas hasta derribar cestos de plantas, el cuervo mostraba una inteligencia intrigante.

Michel compartía con su familia la fascinación por este ser alado, explicándoles que representaba un puente entre lo físico y lo espiritual. Pero también se esforzaba por tranquilizar a los niños, advirtiendo a su esposa Paula que no asustara a los pequeños con leyendas, sombrías y tristezas.

Sin embargo, en sus momentos más reflexivos, Michel se preguntaba quién alimentará al Cuervo Jamás cuando sus polluelos claman por ayuda. Una pregunta que resonaba con un eco de nostalgia, recordando la inevitable conexión entre el amanecer y el atardecer de un mismo día, entre lo terrenal y lo divino.

Y así, como cada día, el Cuervo Jamás seguía llegando con su graznido burlón, tejiendo un vínculo entre el pasado y el presente, entre la realidad y la poesía. Michel, con su espíritu atormentado, encontraba consuelo en la presencia de esta misteriosa ave, sinónimo de la eterna danza entre la vida y la muerte.

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