El costo social de moverse en Verón-Punta
Cana.
Ya
no es una sorpresa ni extraña el hecho de que Verón-Punta Cana ha crecido a una
velocidad que ha puesto a prueba no solo su territorio, sino también su
capacidad para movilizar a quienes lo habitan y sostienen su economía. El
antiguo paisaje rural de parajes y secciones comenzó a transformarse hasta
convertirse en un distrito municipal turístico que pasó de 43,982 habitantes en
2010 a 138,919 en 2022: 94,937 personas más, un crecimiento del 215 % en apenas
doce años, según los datos citados de la ONE.
Ese
aumento demográfico se movió acompañado de la inversión; una expansión del
empleo, los servicios y las actividades turísticas multiplicó las necesidades
de desplazamiento. Y mientras cada año se sumaban nuevos habitantes, también se
consolidaba una red de transporte que durante décadas ha conectado a Higüey con
La Otra Banda, Verón, Bávaro, Arena Gorda, Cabeza de Toro, Punta Cana y
Juanillo. Desde 1987, SITRABAPU forma parte de esa historia del transporte en
el territorio.
Hoy,
por su mismo suelo, alrededor de 10 operadores de rutas ofrecen transporte
público, por donde más de 228 mil vehículos circulan en las horas de mayor
congestión, según el Plan Municipal de Movilidad Segura 2024-2028. Circulan
personas por razones laborales, educativas y recreativas y cargas a la
región (con 3 aeropuertos internacionales y el corredor Santo Domingo–San Pedro
de Macorís–La Romana–La Altagracia). El sentir colectivo supone que representa
un flujo significativo de recursos.
Una movilidad para cada realidad
Verón-Punta
Cana presenta una paradoja: el mismo territorio que organiza cuidadosamente el
movimiento del turista deja mucho más fragmentado el traslado de quien sostiene
la actividad turística. El visitante llega al aeropuerto, toma un transfer al
hotel, sale a una excursión y regresa. Su movilidad está diseñada en torno a la
experiencia turística. En cambio, la conexión del trabajador con sus viviendas,
empleos, comercio, educación y servicios está subordinada a iniciativas
privadas. El transporte de personas para realizar su recorrido cotidiano
depende de un sistema colectivo fragmentado.
Por
eso, se suele hablar de “transporte turístico”, “transporte público” y
“transporte de personal”. Su operación está sustentada en tres
modalidades: una turística, pública y privada organizada alrededor del
visitante y de la población trabajadora.
Cuando la
congestión se vuelve social
Este
ir y venir se manifiesta en congestión, la cual no se mide solamente en
kilómetros de vehículos detenidos. También debe considerar las horas de vida
perdidas. Por ejemplo, cada trabajador atrapado diariamente en un tapón no
pierde únicamente tiempo. Pierde tiempo familiar, descanso y oportunidades,
pero para el turista podría ser percibido como un deterioro en la experiencia
del destino; en cambio, retraso para las empresas.
Por
eso la congestión vial puede convertirse en congestión social. Y cuando el
sistema público no logra integrar suficientemente la movilidad, otros actores
terminan ocupando espacios de organización: operadores, sindicatos, empresas y
estructuras informales adquieren capacidad para definir rutas, horarios,
tarifas y condiciones de operación.
Un servicio público en manos privadas.
A
diferencia de Santo Domingo (que tiene metro y teleférico), Verón-Punta Cana no
dispone de sistema de transporte público estatal. El transporte
terrestre funciona casi enteramente a través de sindicatos de propietarios de
vehículos que operan bajo un esquema de concesión de rutas y de empresas
proveedoras de servicios de transporte privado.
También,
el predominio de gremios de transportistas y operadores particulares en
determinados espacios y servicios de movilidad puede generar dependencia de los
usuarios, conflictos de intereses, dificultades para ordenar el territorio,
desigualdad en el acceso al transporte y mayor presión sobre las calles y
avenidas del distrito. Este esquema ya es una práctica que está sujeta a quién
puede, qué rutas cubre, dónde presta el servicio y bajo qué condiciones y
tarifas.
Esta
dinámica se expresa en un sistema que funciona principalmente mediante
autobuses y minibuses, tanto para los empalmes
intermunicipales como para los desplazamientos dentro del distrito. Las rutas
intermunicipales conforman dos operadores entre Santo Domingo y el Este,
mientras que las demás rutas locales son gestionadas por varios sindicatos desde
Verón, Bávaro, Punta Cana, La Ceiba, Uvero Alto, El Salado, el Macao e Higüey.
En
esta estructura, los cruces de Verón y el Friusa funcionan como puntos de
conexión y distribución de pasajeros hacia diferentes sectores del territorio.
A este tejido se suman operadores que unen Verón con La Romana, San Pedro de
Macorís, Hato Mayor, El Seibo, Miches y Sabana de la Mar,
utilizando principalmente la RD-3, la Autopista del Coral y otras vías de
acople regional.
Más
que un sistema único y plenamente integrado. Está configurado en rutas y
operadores superpuestos. Construido alrededor de las necesidades de movilidad
que ha generado el acelerado crecimiento poblacional, turístico, inmobiliario y
económico de Verón-Punta Cana.
Por
eso, construir otra vía o ampliar una existente puede aliviar temporalmente la
presión, pero no necesariamente resuelve el problema estructural.
Diagnóstico
técnico en curso
En
paralelo, la dirección municipal de Verón-Punta Cana, junto al INTRANT, ha
indicado que desarrollan un levantamiento técnico del sistema vial. Trabajan en
identificar puntos críticos y fallas de circulación para diseñar acciones
concretas de reordenamiento. Ahora bien, no responden a la ampliación y
dependencia del transpondedor privado. En todo caso, confirma que el territorio
efectivamente creció más rápido que sus instituciones en materia de movilidad.
Como
el tránsito terrestre ya es un monstruo con vida propia. El Concejo de Vocales
tuvo que recurrir al INTRANT, como órgano rector nacional establecido por la
Ley 63-17, por su intervención.
La
solicitud evidencia una brecha entre las competencias definidas por la ley y la
capacidad local. Gestionar una movilidad cada vez más compleja, con
consecuencias sociales directas. Verón-Punta Cana ya no puede pensar su
movilidad humana como un asunto exclusivamente de vehículos y carreteras. Debe
pensarse como una política de integración territorial. Porque detrás de cada
automóvil, autobús o motocicleta hay una persona intentando llegar a alguna
parte.
Y
si el territorio produce empleo, vivienda, turismo y riqueza, pero no consigue
relacionar eficientemente a quienes los hacen posibles, entonces la movilidad
deja de ser un problema de tránsito para convertirse en un problema de ciudad.
En ese orden, por lo tanto, el ordenamiento territorial puede establecer normativas y jerarquías viales, conexiones, corredores y criterios para la movilidad. Si las reglas territoriales no son acompañadas por planificación sectorial, coordinación institucional, inversión, regulación y ejecución, todos los planes corren riesgo de quedarse en el papel.